Las veredas del acaso

Las veredas del acaso, de la aventura

Nunca he disimulado mi admiración por Don Miguel de Cervantes. Creo que es el único artista al que trato de don cuando escribo sobre él. No es patriotismo y tampoco afán académico. Hay en esa admiración solidaridad por la vida difícil que le tocó vivir, pero el lazo principal está en lo que escribió, los sentimientos que despierta y los pensamientos que iluminan sus escritos.

Hay muchas lecturas antes y después de Cervantes. No es raro encontrar relaciones sorprendentes entre escritores contemporáneos —me refiero a los que han escrito a partir de la segunda mitad del siglo veinte— y el universo cervantino. Pero no es el caso de esta entrada, Simplemente quería compartir con ustedes una de las páginas más bellas que —probablemente, no soy cervantista para asegurarlo— se han escrito sobre Don Quijote en la historia de la literatura española.

No hay dos lectores iguales, así que tal vez haya a quien estas letras no les digan nada. Para mí, sin embargo, la descripción y las ideas que suscita son puro territorio feraz.

Ahí va:

“La grandeza del pensamiento de Don Quijote no se comprende sino en la grandeza de La Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, Don Quijote no hubiera podido existir, y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a los cuerdos locos; aquel campo sin fin, donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades, que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, por un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, a los cuales sólo el lenguaje faltaría para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores”.

Benito Pérez Galdós. Bailén.

La obra de Galdós pertenece al dominio público.

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