Esos domingos de invierno

También los domingos mi padre se levantaba temprano,
vestía sus ropas en el frío azul y negro,
y con manos agrietadas que dolían
del trabajo a la intemperie durante la semana
hacía arder las brasas. Nadie se lo agradeció nunca.

Yo despertaría y oiría el fuego crujiendo, rompiéndose.
Cuando las habitaciones estuvieran calientes él llamaría,
y lentamente me levantaría y me vestiría
temiendo las crónicas furias de esa casa

hablando indiferentemente con él
que había expulsado el frío
y lustrado además mis zapatos buenos.
¿Qué sabía yo, qué sabía yo
de los austeros y solitarios oficios del amor?

Robert Hayden. A ballad of remembrance.
La traducción es mía


Those Winter Sundays

Sundays too my father got up early
and put his clothes on in the blueblack cold,
then with cracked hands that ached
from labor in the weekday weather made
banked fires blaze. No one ever thanked him.

I’d wake and hear the cold splintering, breaking.
When the rooms were warm, he’d call,
and slowly I would rise and dress,
fearing the chronic angers of that house,

Speaking indifferently to him,
who had driven out the cold
and polished my good shoes as well.
What did I know, what did I know
of love’s austere and lonely offices?

Robert Hayden. A ballad of remembrance.
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De ratones y hombres

Una máquina, una computadora, nunca será capaz de escribir una novela como “De ratones y hombres” de John Steinbeck, a pesar de toda su aparente sencillez, a pesar de que el autor haya logrado crear unos caracteres arquetípicos al más puro estilo shakespeariano, a pesar de que su argumento sea tan fácilmente documentable en los periódicos de la Gran Depresión que azotó a los Estados Unidos en la década de 1930.

Una máquina nunca será capaz de comprender la humanidad que subyace en esta historia, tan evidente y, aún así, tan complicada de entender incluso para algunos seres humanos, como el mismo autor puso de relieve en la última frase de la obra.

Quienes la han leído y analizado han dicho que “De ratones y hombres” trata de la soledad, de los sueños y anhelos de los seres humanos, de los seres desfavorecidos, ya sea por las circunstancias, ya sea por la naturaleza, del abuso de poder, tanto físico como psicológico. Son temas universales que traspasan los límites del tiempo que vivió el autor, temas que persisten en la existencia humana, que no desaparecen a pesar de los progresos sociales o los avances científicos. Por eso una novela así nunca dejará de ser actual.

Dos hombres viajan andando en California durante la Gran Depresion
Foto: Dorothea Lange – Dominio público

Es destacable la impotencia, la incapacidad de lograr los sueños que uno persigue a causa de factores cuya existencia o desaparición no depende de la voluntad individual, en contradicción con un modelo de ciudadanía predominante de seres solitarios (no solo en el hecho físico de estar aislado de los demás, sino también en el de sentirse en soledad en medio de los demás).

Los protagonistas son dos hombres, George y Lennie, que viajan por las carreteras y caminos de California de rancho en rancho en busca de empleo durante la época de la gran depresión. George destaca por su inteligencia y generosidad, pero físicamente es un ser común; Lennie en cambio tiene su capacidad mental limitada, aunque posee una fuerza bruta extraordinaria que le permite hacer el trabajo de dos o tres hombres.

Ambos son contratados en un rancho en el que deberán enfrentarse a otros seres humanos limitados o impulsados por diferentes circunstancias de las que no son capaces de zafarse, sean o no conscientes de esas trabas.

Mujer trabajando en California
Foto: Dorothea Lange – Dominio público

De entre todos ellos destaca la única mujer que aparece en la obra, a quien el autor no reconoce con un nombre —simplemente es “la mujer de Curley”— cuyas circunstancias vitales la encaminan inconscientemente a la muerte.

De una u otra manera, todos los protagonistas se ven abocados a su particular callejón sin salida, a unas situaciones en la que los sueños que persiguen se rompen como burbujas de jabón que revientan al mero contacto del aire.

Of mice and men book cover

Este libro iba a titularse originalmente “Algo que ocurrió” pero finalmente su autor lo cambió por “De ratones y hombres”, un verso del poema “A un ratón” del escritor escocés Robert Burns. Su belleza es acorde con la de la novela.

Quienes han pretendido desde que se publicó en 1936 retirarla de las escuelas y bibliotecas públicas de Estados Unidos la han acusado de casi todo lo acusable: vulgaridad, racismo, promotora de la eutanasia, anticapitalista y blasfema. No comparto ninguna de estas apreciaciones. Todas ellas me parecen una demostración de cicismo o —no sé qué es peor— de manifiesta ignorancia acerca del sufrimiento que para muchos seres humanos supone la existencia. Un tema, por otro lado, el del sufrimiento, del que bien poco saben las máquinas.

Bajo el volcán

Buscó en las calles desiertas
en las cantinas de Quauhnahuac
un hueco vacío, un tapiz brumoso
donde ocultar el hueso de la memoria
su rocío helado, su roída quimera

Con cada trago arrojó al pozo ardiente,
al desnudo volcán
una prenda de Yvonne
ofrenda inútil al fuego
en el altar blanco del Popocatepetl

Despeñó en cada vaso un recuerdo
hasta tocar fondo

En el barranco sin fin se deshizo
su cuerpo de barro

Y su magmática cabeza de cónsul
floreció como la cuna de un dios
    muerto

La paz de las montañas

Cuando la naturaleza se muestra en toda su inmensidad convoca al hombre al silencio.
El silencio es el centro de una nube de palabras que se relacionan entre sí: belleza, meditación, creación, arte, paz.
Son muchos los artistas que han transitado, que se mueven por el amplio territorio que significan estas palabras. Uno de ellos, para mí desconocido hasta hace poco tiempo, es el pintor y escritor ruso Nicholas Roerich (1874-1947). Sus cuadros sobre el Himalaya son de una extrema sencillez, pero desde su humildad transmiten la inmensidad de la cordillera más elevada del mundo, la enorme soledad de sus valles, el precioso valor de sus colores.
Combiné algunas de sus pinturas y la música de Sergey Cheremisinov en este breve clip. Espero que les guste.

Año nuevo a vuelapluma

Painting: Seated man at the table by Elin Danielson-Gambogi

El año llega con niebla. Aparece húmedo y sigiloso, ocultando la luz del mundo, el perfil de los árboles, la orilla del mar, el horizonte. Sigue estancado en la añoranza el primer sol de enero.
El televisor de los vecinos reproduce un mundo virtual dónde estallan bombas y los niños —tan temprano— disparan armas imaginarias sobre alienígenas animados.
Persiste la tregua de las prisas, los automóviles se aquietan húmedos bajo muros silenciosos y portales desiertos numerados. Nada ha cambiado en la cifras, tan sólo el año que se estrena.
Acabados los brindis y los abrazos, el primer sueño y la resaca, aún te ilusiona el vaivén de la música: valses, polkas, marchas imperiales… el débil sueño de un mundo dorado que solo verás por televisión.
Entre los árboles vive el canto de las aves. El viento calla.
Me pregunto cuánta melancolía queda por andar.