Escamas

He recogido escamas
de las mejillas de la luna.
He construido aletas con las alas
del ave azul del bosque
He hecho ojos en la sombra
con ciruelas de Damasco
He escogido el rubor de los labios
melocotón del sol
Con todo ello he fabricado
un pez de cielo para tí
y lo he puesto a nadar
en la primera brisa de octubre.
Me siento junto a la corriente y veo
con asombro cómo el verdor
se convierte en oro pálido.
Los peces vienen de un arcoiris
aún hermoso para tí,
para quien están hechos
para quien yo los he liberado.
¿Nadamos?


Mardsen Hartley. Otros para 1919: Antología de nuevos versos.
La traducción es mía. El título original es El pescadero, pero lo he cambiado a mi gusto por el de Escamas.
El escritor también se dedicaba a la pintura.
Cuadro de Mardsen Hartley Una flor y una estrella
Una flor y una estrella en la ventana, pintura de Mardsen Hartley
Fishmonger

I have taken scales from off
The cheeks of the moon.
I have made fins from bluejays’ wings,
I have made eyes from damsons in the shadow.
I have taken flushes from the peachlips in the sun.
From all these I have made a fish of heaven for you,
Set it swimming on a young October sky.
I sit on the bank of the stream and watch
The grasses in amazement
As they turn to ashy gold.
Are the fishes from the rainbow
Still beautiful to you,
For whom they are made,
For whom I have set them,
Swimming?


Marsden Hartley. Others for 1919: An Anthology of the New Verse
Translation to spanish is mine.
Anuncios

Demasiada honradez

Cuadro Después de la sesión de Richard Bergh
Después de la sesión de Richard Bergh

“—¡Ah!— exclamó la anciana—. Los pintores siempre pintan a las damas más bonitas de lo que son. De lo contrario, no tendrían clientela, hijo. El hombre que inventó la máquina de hacer retratos se podría haber convencido de que nunca tendría éxito; es demasiada honradez, demasiada—dijo la mujer, riéndose de su propia agudeza.”

Charles Dickens. Las aventuras de Oliver Twist.


‘Ah!’ said the old lady, ‘painters always make ladies out prettier than they are, or they wouldn’t get any custom, child. The man that invented the machine for taking likenesses might have known that would never succeed; it’s a deal too honest. A deal,’ said the old lady, laughing very heartily at her own acuteness.

Charles Dickens. The adventures of Oliver Twist

El almuerzo desnudo

Hay libros destinados a convertirse en arcanos, libros que poca gente leerá pero que guardan en sus páginas detalladas descripciones de asuntos que son o han sido tabú, pequeños secretos de la intimidad, pensamientos, deseos o miedos tan personales que no se comparten con nadie. Libros que reposarán años en los estantes de las bibliotecas ante la indiferencia y el desinterés de la mayoría de los lectores.

Rara vez estas obras son agradables. Quiero decir, no son una vía de escape fácil, sino más bien causan un impacto profundo en la sensibilidad del lector que se enfrenta a sus páginas. Incluso a veces son un viaje al museo de los horrores del ser humano. Y en este sentido, se leen como quien va al zoo a ver animales salvajes, desde la incapacidad de identificarse con lo que está contemplando.

Y en tercer lugar, si el libro en cuestión rompe los esquemas habituales de la literatura realista decimonónica, las posibilidades de reducir aún más su público aumentan de manera exponencial. De hecho, compré mi ejemplar del libro del que les hablo a finales de los ochenta, varias veces lo empecé a leer y lo abandoné en varias ocasiones, asqueado, desconcertado o perdido ante lo que leía. Hasta ahora.

Llegado a este punto, espero haber desanimado lo suficiente al lector que se haya planteado alguna vez adentrarse en el mundo de pesadilla de El almuerzo desnudo de William Burroughs.

Imagen de un hombre mirando a un pez
Foto: David Falconer

La novela trata sobre la adicción a las drogas y está cimentada en la experiencia del autor como drogadicto en los años cincuenta. Aunque es una obra semi-autobiográfica, no es una novela testimonial, o no como lo fue en su día Confesiones de un inglés comedor de opio (1821) de Thomas de Quincey, una simple exposición informativa sobre los efectos del consumo de drogas y sus consecuencias.

Quiero decir que Thomas de Quincey expuso su experiencia con el láudano tratando de traducirla al lenguaje y a la imaginación del lector medio, de una persona que no ha tenido una experiencia directa con drogas potentes y adictivas como el opio. El narrador se sitúa en el mismo plano que el lector.

William Burroughs, en cambio, expone una visión drogada de la realidad, una visión caótica, poblada de monstruos, fantasmas y alucinaciones, una realidad escatológica, donde conviven la miseria, la necesidad, la bajeza, la amoralidad, la indignidad, la crueldad. No hay espacio en sus páginas para sentimientos como la tristeza, ni tampoco para la autocomplacencia. Para ningún tipo de sentimentalismo.

Su relato no parece, sin embargo, que esté escrito por alguien drogado. Es una novela trabajada desde la lucidez, con toda la intencionalidad de mostrar el infierno, desprovisto de sentido punitivo o moral, en el que vive el drogadicto.

No hay un argumento como tal, el único argumento es la droga y la carencia, la falta de droga. Los capítulos no tienen, o es mínima, conexión argumental entre ellos. Elaborados a modo de viñetas casi independientes unas de otras. El lector advierte desde el primer momento que está viendo la misma realidad que ve quien está drogado o está padeciendo el síndrome de abstinencia. Y es demencial.

Image of coca wine commercial
Un antiguo anuncio de vino de coca

Ya por este hecho el libro merece un lugar en la historia de la literatura. Pero no es su único mérito. Cuando la leí me sorprendió mucho el lenguaje de Burroughs, su estilo era reconocible inmediatamente con el de David Foster Wallace en La broma infinita, aunque esta última se escribió medio siglo después.

La famosa novela de Foster Wallace tiene como tema principal la adicción y, siendo ambos autores estadounidenses, resulta obvio pensar que DFW se apoyase en la obra de Burroughs para construir La broma infinita. Hay detalles reveladores, como la referencia habitual a los insectos, por ejemplo. Pero sobre todo, el uso magistral del contraste, cómo en medio de la descripción de tanta mierda, ambos autores imprimen en el relato pinceladas conceptuales de un lirismo que destaca sobremanera la belleza del lenguaje y del propio concepto.

Algunos ejemplos en El almuerzo desnudo:

«…el melancólico muere de una sobredosis de tiempo…»

«…cuando sonreía, el miedo desaparecía en trocitos de luz…»

«Más allá de las colinas y lejos, hacia las praderas azules… A través de la hierba abonada, harina de huesos, hasta el estanque helado donde los peces de colores esperan inmóviles la primavera»

«La droga es una calle de dirección única. No tiene regreso. Jamás se puede volver»

Es relevante la calidad de la traducción. El ejemplar que he leído está traducido por Mariano Antolín Rato, que firma con uno de sus seudónimos, “Martín Lendínez”. El escritor español, conocedor del mundo de la droga y de la contracultura como se vivió en España (aquí pueden leer una buena y extensa entrevista que le hizo recientemente la revista Jot Down), hizo un trabajo brillante en la trasposición al castellano de la novela.

Imagen de la cubierta del libro El almuerzo desnudo

William Burroughs es un icono de la contracultura estadounidense. Perteneciente a la “Generación Beat” junto a Jack Kerouac o Allen Ginsberg, entre otros, escribió más de una docena de novelas largas, además de numerosos relatos, ensayos y otros escritos. Su influencia se ha extendido a lo largo de todo el siglo veinte no sólo en la literatura, sino también en la música y el arte, escribiendo casi siempre sobre los mismos temas: la homosexualidad, la muerte y las drogas.

Todos ellos aparecen aquí. Fue una novela polémica desde su primer día de circulación. De hecho, se publicó primero en Europa y posteriormente en Estados Unidos, dónde incluso fue prohibida y sometida a juicio en el estado de Masachussets en la década de los sesenta.

Sucede en la literatura que obras que en su día tuvieron muchas ventas, mucha fanfarria mediática y mucha aceptación por el público se olvidan para siempre en el cementerio de los libros insustanciales y otras, tal vez esta, perviven en el tiempo gracias a pocos pero fieles lectores. No la lean como se lee cualquier novela. Advertidos están.

Junio

Imagen del cuadro de Alfred Sisley mañana de junio en San Mammes
Alfred Sisley: Mañana de junio en San Mammes

Junio tiene cierta cualidad onírica. Se alargan los días: en la radio dicen buenas noches, en el informativo de las nueve, cuando aún todo es luz. Y al caer de verdad la noche, la noche del sur, queda un rastro azulado en el horizonte, el rescoldo de una invitación a vivir no del todo correspondida.

Se podrían reconocer los meses por el oído. Borges lo habría hecho, sabría describir de oidas el ave de cada estación, el rumor del aire que agita las cortinas blancas, el ronco estertor del mar en diciembre. En junio, en cambio, el mar recuerda a la escobilla del baterista de jazz, una constante sucesión de granos de arena que se dispersa suavemente sobre la superficie pulimentada de las piedras.

Y parece que se repiten los mismos ritos del final de año, el afán por dejar cerrados ciertos asuntos y pasar página, acabar el curso, en definitiva, abrir un tiempo para el reposo y la meditación tratando de adivinar, como Borges, si la brisa viene del Este o del Oeste, si trae a cuestas granos de sal o aromas de espliego.

El placer del momento no está, sin embargo, en el cambio, sino en la sucesión pausada de las horas, en la quietud somnolienta de los últimos días de la primavera, en su olor aún nuevo de fruta fresca, listo para arder en las hogueras tribales del verano.

Tocayo blues

A pesar de su juventud, a Jorge no le importa demasiado haber perdido muchos dientes. Dice que a George Washington ya casi no le quedaba ninguno antes de cumplir los cuarenta. Él, que aún no tiene treinta, se enorgullece de conservar más pìezas que el primer presidente de los Estados Unidos.

Ahora bien, a diferencia de George, él no tiene una mansión de tres pisos en Mount Vernon —ni siquiera en Jerez—, ni un coche que le lleve a sus frecuentes visitas por los alrededores, ni un atento servicio de mayordomos que cuide su alimentación, mantenga lisas las arrugas de su vestido y se ocupe de que la chimenea guarde caliente la casa cuando llegan los días fríos de invierno.

Al anochecer busca un lugar discreto y monta en unos segundos su tienda plegable. Por la mañana la desmonta en nada de tiempo, la guarda en la mochila y camina por las calles de la ciudad buscando cómo sobrevivir él y el perrillo que le acompaña.

Algunos vecinos del barrio hablan con Jorge cuando se aposta frente al supermercado con un vaso de plástico blanco en la mano con el que recoger monedas. La postura y el vaso le confieren la apariencia extraña de estar siempre bebiendo té frío a las puertas de ningún sitio, esperando a alguien que nunca llega.

Jorge es delgado como una caña, no muy alto, fibroso y de temperamento noble. Por cómo trata a su perro se diría que ama a los animales. Alguna vez ha gastado lo que no tenía en el veterinario. Sus ojos azules son fríos como un iceberg y la sonrisa con la que da las gracias por la limosna transmite más amargura que alegría. Una sonrisa punteada de piezas de color marfil y huecos negros y tristes, nada que ver con esa alegría pura y blanca, casi nieve, de quienes pueden permitirse pagar la factura del dentista.

Otros pasan a su lado y hacen como que no le ven. Tal vez piensan que se lo tiene bien merecido. O creen que existe una historia secreta de maldades que no se atreve a contar. Esa historia diría por qué vive en la calle, sin hogar, sin trabajo, con una familia lejana que piensa de él no se sabe exactamente qué.

George Washington nunca supo que el óxido de mercurio que le recetaron los médicos para tratar la malaria acabó con sus dientes. Jorge tampoco sabe qué óxido le ha traído hasta aquí.