Sequía

cactus
Foto: Pexels (CC Public domain)

En el patio
la mañana
se alza entre voces
de vecinos invisibles
El miedo se despereza
como un tigre blanco acecha
en la nieve que rodea las macetas
Los cactus crecen mimosos y verdes
sus dedos implacables señalan el cielo
Te asomas a la ventana y miras
la luz de agosto y a Faulkner
repicar en el alfeizar
sus campanas de misa
invocando la procesión laica del deseo
reseco de barro en las macetas
atorado en la nuca de tus ojos
esperando el silencio de la lluvia

La ciudad interior

Benarés by Juggadery
Picture: Benarés by Juggadery (CC BY-SA 2.0)

Arcana luz de madrugada, vapor de agua sobre piedra, ciudad veteada de viejos caminos, atravesada de su pervivencia, convertida en cobija desde tiempos sin memoria. La ciudad interior, ahí mismo, fuera, como una paradoja, propicia al encuentro de seres deslumbrados.

Escribí este breve texto pensando en una imagen concreta de ciudad, europea, oscura, solitaria o abandonada, negruzca y atareada en su mezquindad. Luego busqué la imagen que había imaginado, sin mucho éxito, y apareció ésta foto de la ciudad india de Benarés o Varanasi. No tiene nada que ver con lo que se cocía en mi mente y, sin embargo, encaja a la perfección con el texto que escribí.

La sombra como velo, la luz más allá.

Un instante en el astillero

Shipwreck
Foto: The return of Helios by Peter Kurdulija (CC BY-NC-ND 2.0)

Se oxidan las palabras pastoriles de antaño entre las ruinas de los viejos buques. Otras vienen a relevarlas, feraces e insolentes. La escritura, como la vida, es peregrina. Nada puede la voluntad contra el movimiento. Nadie, nunca, está quieto, aunque la mirada muestre la gravedad de las piedras. Cierra los ojos y haz girar el mundo, piensa Gabriel mientras camina entre las sombras del astillero, ángel errante sin alma que guardar. ¿Quién dudará del centro del universo?

Todos los libros convertidos en pequeños desiertos. La palabra inmóvil. Diminutos ataúdes llenos de ceniza. Si al menos fueran carne de gusano, abono de futura belleza. La esperanza es una flor que nace de la podredumbre. Poco más ha aprendido el ángel errante. Gabriel hace sombra con su mano sobre los ojos y levanta la cabeza en busca de una nube. Deslumbra el sol de mayo. Viejo condado irlandés. Las arrugas quiebran la piel alrededor de sus ojos. La piel, ese mapa gastado que revela lo que fuiste, lo que aún eres.

Más allá del horizonte hay una línea que señala el territorio de los barcos hundidos. Alrededor de los pecios nadan brillantes peces anaranjados, rojos, azules, plateados. Gabriel los ha visto, los ve ahora. Desde que fue niño ha buceado a pulmón, bien despiertos los ojos. Y sabe cómo hacer que naveguen los barcos. Por eso llora cuando se hunden. Yo he visto sus lágrimas: son pequeñas y tienen forma de pez.