Imagen de Castel dell'Ovo de Carl Gustav Carus

El huevo mágico de Virgilio

El huevo mágico del poeta romano Virgilio no es hoy en día más que una anécdota con la que aderezar una visita turística al Castel dell’Ovo en la Bahía de Nápoles.
Pero también es la curiosa punta del iceberg, la entrada a la madriguera del conejo donde indagar en la leyenda que hizo de Virgilio, en la Edad Media, un hechicero con poderes extraordinarios.
Poderes que nunca tuvo, más allá del de escribir como un verdedero poeta.
La leyenda atribuye el nombre del citado Castillo a un huevo que Virgilio, enterrado en Nápoles, habría depositado en la fortaleza. Si este huevo se rompía, una serie de desgracias caerían sobre la ciudad italiana. Habría sido una manera muy sutil de perdirle a los visitantes del castillo un poco de delicadeza.

Leyenda y realidad

Lo cierto, sin embargo, es que el nombre se debe a la forma ovalada del fuerte, nada más. Pero ya se sabe que una buena leyenda es más entretenida que una sosa realidad. Y tiene su aquel para la industria turística.
No fue la única que se atribuyó en la Edad Media al poeta romano. Y es posible que tuviera su influencia en Dante.
Cualquier lector sabe que Dante lo eligió como compañero de fatigas en su descenso al infierno y en su recorrido ascendente por el purgatorio hasta el cielo en pos de su amada Beatriz. Ser capaz de descender al infierno y volver para contarlo es una cualidad propia de los héroes. De hecho Virgilio hizo descender a Eneas hasta el averno en su epopeya previa a la fundación de Roma.

Imagen de Dante y Virgilio a lomos de Gerión
Dante y Virgilio a lomos de Gerión de Joseph Anton Koch

Poder contarlo, como hizo Virgilio con Eneas y luego Dante consigo mismo, debía atribuir a quien lo consiguiera un halo de misticismo y veneración que colocaba al autor cerca del estatus de mago o hechicero, algo que, por otro lado, debía ser bastante incómodo estando la Santa Inquisición de por medio. Aunque Virgilio estaba ya en el otro mundo y el carácter religioso y moral de la Divina Comedia quedó fuera de toda duda.

Ridículo público

La más extendida leyenda durante el medievo dice que Virgilio estaba perdidamente enamorado de la hija del emperador Augusto, pero la joven no le correspondía y lo dejó literalmente colgado en el muro de palacio.
El poeta se acercaba cada noche a su ventana mediante una canasta atada a una soga que le izaba al llegar y lo bajaba al marcharse. La muchacha, posiblemente harta de aquel pesado que no la dejaba en paz, lo dejó una noche atascado a media altura. Al llegar el día, allí quedó Virgilio expuesto al escarnio público.
Como venganza, bastante cargada de misoginia, la verdad, este apagó una noche todas las antorchas de Roma y sólo permitió que se encendieran si quedaban bien iluminadas las partes íntimas de la joven.

Imagen de Virgilio atrapado en la canasta
Virgilio atrapado en la canasta de Lucas Van Leyden – The Metropolitan Museum of Art

Pero la cosa no se quedaba aquí. Virgilio tenía el poder de crear estatuas que se movían, así como talismanes; disponía remedios contra los males producidos por insectos, serpientes y otros bichos, era incluso capaz de viajar grandes distancias por medios sobrenaturales.
Se le atribuyó incluso ser el creador de la famosa Bocca de la Veritá de Roma con el propósito de detectar si una mujer mentía o no cuando afirmaba ser virgen. O de una estatua de bronce que hacía sonar una campanilla si una provincia del imperio se amotinaba. Y la estatua se movía y apuntaba con la lanza en esa dirección.

Más increible todavía

Antes de seguir relatando el carácter mágico y hechicero con el que los habitantes del medievo europeo tiñeron la figura del afamado poeta, comentar que todos estos datos han sido publicados por el profesor de estudios latinos medievales de la Universidad de Harvard Jan Ziolkowski en su ensayo Virgilio el mago, que pueden leer aquí.
Cita también una leyenda según la cual el cuerpo de Virgilio permanece incorruptible, defendido por un autómata, gracias al increíble sistema de sodomizarse a sí mismo al mismo tiempo que permanece impasible leyendo eternamente hasta que San Pablo llegue y desmonte todo el tinglado para convertirlo en polvo.
Y otra leyenda más atribuye su enorme sabiduría y sus poderes al hecho de haber sido una de las personas que aparecen —se supone que de incógnito— en el episodio de Las Mil y Una Noches en el que se relata el cuento de Aladino y la lámpara maravillosa. El hábil creador de la leyenda sostiene que engañó al genio de la lámpara para conseguir los libros de magia que le confirieron sus extraordinarios poderes.

De mago, poco

Hay un hecho incuestionable que desmontaría cualquier pretensión de poderes mágicos de Virgilio. El poeta enfermó de unas fiebres de regreso de Asia y antes de llegar a Brindisi, donde finalmente murió, le pidió al emperador Augusto que destruyera el manuscrito de La Eneida.
El emperador, por supuesto, no lo hizo, para fortuna suya y también de todos los lectores que hemos disfrutado la lectura de la obra. Poco poder tenía, pues, Virgilio, si no era capaz de algo tan simple como provocar que un manuscrito suyo ardiese sin mayores zarandajas.
Las ficciones, y las leyendas no lo son menos, tienden a conservarse eternamente.

Nota final: El cuadro que encabeza esta entrada es obra del médico, filósofo y pintor alemán Carl Gustav Carus, discípulo del pintor romántico Caspar David Friedrich y amigo del escritor J.W.Goethe.

Image of Spring by Sulho Sipillä

Beckett y su coliflor llena de gusanos

El biógrafo de Samuel Beckett Anthony Cronin, en un artículo que no recuerdo ahora dónde leí, achacaba los males físicos del autor de Fin de partida a causas psicosomáticas. El escritor irlandés respondió, cuando le preguntaron si alguna vez se deprimía, que claro que sí, «como corresponde a una coliflor llena de gusanos».

Image of Samuel Beckett
Samuel Beckett by Javad Alizadeh (cc by-sa)

No se si la forma de escribir de Beckett se deriva tan solo de causas psicosomáticas o el contexto de la época que le tocó vivir influyó de algún modo. Ese estilo áspero y seco sobre el que se despliega una literatura la vez onírica y real es aceite de ricino literario para las almas maltratadas y doloridas que sobrevivieron a la segunda guerra mundial.

Desde el punto de vista puramente estético, Beckett es un buen purgante para la escritura meliflua y artificial. Y es bastante sugerente que en los inicios de su carrera analizase con detalle la literatura de Marcel Proust, muy poco meliflua a pesar de su elegante y refinado estilo, nada que ver con ese papel de estraza que son las páginas de Beckett.

Usando como símil de la escritura un árbol, para escribir como Beckett hay que dejar caer hojas y hojas, que el árbol se vea despojado de ese sustento alegre de la primavera, excesivo en verano, melancólico en otoño. De este modo podremos ver en invierno sus ramas, la belleza más árida de las palabras.

La nada es la etapa final de la descomposisión de lo que está podrido, como se pudren las hojas que caen en otoño, ya inservibles para el árbol, abono para la tierra.

T.S. Eliot unió ambas ideas en un hermoso verso:

¿Cuáles son las raíces que se aferran, qué ramas crecen de ésta pétrea basura?»

Y hacerlo todo pensando que aunque las hojas muertas se pudran y la nieve del invierno traiga el aire limpio de un desierto helado, siempre llegará la primavera.

Una prostituta inmortal

Lo primero que uno se pregunta al acabar de leer Nana, la novela de Emilio Zola, es ¿realmente existió ésta prostituta de lujo en el París en la segunda mitad del siglo XIX? Lo siguiente me lo he estado preguntando a lo largo de toda la lectura: ¿Qué tenía esta mujer que volvía locos a marqueses, príncipes, condes, mayordomos, periodistas o actores ¿Qué precioso tesoro dispersaba, como polvo de oro, en su mirada, en su piel, en su voz, en sus caricias, en sus besos, en su manera de moverse y de tratar a los demás?

Zola da algunas claves, poco a poco, para no desquiciar al lector con el comportamiento no sólo de ésta dama, sino también de cualquiera que se acerca a ella y que, de inmediato, acaba transformado y trastornado, a veces sin remedio. Nana es una mujer procedente de las capas más humildes de la sociedad que encuentra en el teatro una puerta abierta para codearse con el amplio espectro social parisino de la época. Su belleza encandila a todos. Y probablemente también les encandila esa inocencia infantiloide descrita por Zola que es característica de la ignorancia. Nana es una niña grande, caprichosa, vanidosa, que ha aprendido cómo dominar a los hombres que la desean. La motiva la vanidad, la admiración de su propia belleza, con la que se excita a sí misma cuando se regodea al mirarse en el espejo, narciso femenino.

Nana
Retrato de Nana realizado por Edouard Manet / Dominio público

Sin embargo, Nana, tan conocedora de la pasión y de cómo beneficiarse de quienes se ven trastornados por la fuerza de este sentimiento, no sabe lo que es amar. Lo más parecido que conocerá al amor en su vida es la relación lesbiana que mantiene con otra prostituta, Satin, y el contacto esporádico con su hijo, cuya crianza confía a una tía. Esto hace de ella un ser incapaz de comprender las consecuencias de sus actos más allá de su propio beneficio o de entender el enorme poder que el amor tiene para construir y destruir al otro. Pero, Zola lo recalca en más de una ocasión, en el fondo es buena muchacha. Sin embargo, esa ignorancia de los efectos del amor y el desamor, esa continua autocomplecencia narcisista, tiene efectos atroces en los demás. Ya se sabe, no conviene acercarse demasiado al sol. Es una novela realmente brutal en este sentido.

También es brutal la descripción de las redadas de rameras que hacían los gendarmes en los bulevares parisinos, la corrupción de la policía, la violencia machista descrita con descarnada crudeza. Como contrapartida, cuenta con cariñosa ironía el encanto ruinoso y selvático del teatro de variedades en la época, narra con maestría el espectáculo social de las carreras de caballos en el Bois de Boulogne, y revela la escalofriante frialdad de la Iglesia cuando maneja la zozobra vital de sus propios creyentes.

Tras leer la obra veo en el artículo que le dedica la wikipedia que el autor francés, principal exponente del naturalismo literario, pretendió narrar en una veintena de novelas los efectos que la herencia genética tiene en el comportamiento de los miembros de una familia ficticia, Les Rougon-Macquart, a lo largo del tiempo. Nana es una de las novelas de la serie. Para el personaje de la prostituta que puso patas arribas a todo París, Zola se habría inspirado en algunas meretrices de lujo que había conocido en el teatro de variedades. De modo que Nana solo habría existido en su imaginación. Desde entonces vive.

Salammbô

Gustave Flaubert escribió Salammbô a continuación de Madame Bovary. No es Francia ni la época en la que vive las que ambientan esta narración, sino Cartago y el siglo III antes de Cristo. El autor francés preparó concienzudamente esta novela histórica no sólo con inmumerables lecturas de fuentes clásicas, como las Historias de Polibio por ejemplo, sino incluso visitando los escenarios en los que se sucedieron los hechos.

De este modo reúne cientos de datos que le sirven para construir una recreación personal de la época, de sus habitantes, de sus costumbres y hábitos, de su arquitectura y de sus máquinas de guerra para contar al lector la guerra civil que protagonizaron los mercenarios contratados para combatir a Roma en la primera guerra púnica, que se sublevan ahora frente a su patrón, la República de Cártago, cuyos ejércitos mandaban Hannón y Amílcar Barca.

Salammbô-decorados
Decorado creado en 1910 por Konstantin Korovin para el ballet del Teatro Bolshoi basado en la obra de Flaubert. Dominio público.

Frente a los generales está Mathô, mercenario sublevado. Se enamora de Salammbô, hija de Amílcar Barca, inocente y sensual al mismo tiempo, exótica como solo lo puede ser una antigua princesa oriental. El bárbaro sabe que es un amor imposible, pero le mueve el amor o el deseo: todo su empeño en combatir a los soldados de Cártago tiene como único fin volver a ver a la hermosa cartaginesa.

La narración va a caballo de la guerra, descrita con todo lujo de detalles, desde el armamento de los contendientes, a los sanguinarios efectos de los distintos tipos de armas usadas, incluidos los colmillos de los elefantes.

Flaubert describe, en paralelo a la violencia de las batallas, la crueldad del fanatismo religioso que anima de los cartagineses cuando les puede el miedo a la derrota: un pueblo capaz de sacrificar a sus propios hijos al dios Moloch con el único fin de lograr la victoria. Y no pone límites a la crueldad de la que es capaz el ser humano cuando ha decidido vengarse.

La novela, publicada por primera vez en 1862, fue un éxito de ventas aunque su autor no tenía fe en que lograse el favor del público. Baudelaire (extraigo la cita del prólogo del libro, realizado por German Palacio) dijo al respecto:

«Una edición de 2.000 ejemplares, agotada en dos días: Hermoso libro, lleno de defectos. Los quisquillosos desatan su furor reprochándole sus imitaciones de los antiguos. Lo que ha hecho Flaubert sólo él podía hacerlo».

A un autor tan minucioso y laborioso como él, ésta historia debió costarle un trabajo descomunal. Baste como ejemplo el que cita el editor: empleó tres meses en escribir el capítulo dedicado a la batalla del Río Macar (18 páginas) y alguno de sus pasajes los rehizo hasta catorce veces.

Anna y el opio

Es extrema la sencillez con la que está escrita Anna Karenina de Lev Tolstoi. Sólo es necesario saber leer para comprender la novela. Y no es un cuento de niños, desde luego. Todo está expuesto como un río que fluye sin obstáculos, a veces de manera tumultuosa, a veces suavemente, como una leve brisa. Si el lector ha de poner algo de su parte es cierta empatía hacia el comportamiento de Anna, lo que no es difícil para quien hay estado enamorado alguna vez.

El dilema de Anna, tener que elegir entre el conde Wronsky y su hijo Sergio, me recordó a veces esos crímenes que se cometen hoy día en los que un marido despechado intenta lastimar a su ex pareja dañando al hijo de ambos, o viceversa. Es terrible y trágico, porque el dilema no tiene solución en la sociedad de la época. Hoy debería ser distinto.

Imagen de Anna Karenina
Imagen: Portland Center Stage (CC BY-NC 2.0)

El impulso inicial de Alejo, el marido de Anna, no es, sin embargo impedirle ver a su hijo. El marido despechado, dispuesto en principio a ceder a las peticiones de ella, cambia de opinión por influencia de una amiga de la alta sociedad. La convención social, lo que es socialmente aceptable, se impone. Y a Sergio le cuentan una mentira, que su madre ¡ha muerto!.

Anna Karenina tiene una hermosa personalidad femenina que se complementa con elegancia con la descripción de su belleza que hace Tolstoi. Tiene el carácter necesario como para no dejarse derribar por las convenciones sociales de la época. Al menos durante un tiempo. La esperanza de poder recuperar a su hijo y el amor que siente por Wronsky refuerzan su resistencia.

Sin embargo, la duda —la sutil forma de plantearlo de Tolstoi es sello de su maestría—, que actúa con el tiempo de manera lenta pero constante, acabarán con la numantina defensa que hace de su propia vida.

En éste punto está uno de los aspectos que más me llamaron la atención de la novela. Llega un momento en el que Anna debe recurrir a la morfina para poder dormir por las noches, sobre todo cuando no está Wronsky en casa, aunque conforme avanzan los días, el consumo se hace habitual.

Imagen de la morfina
La morfina, obra de Santiago Rusiñol.

Desde el momento en el que introduce la droga en la trama, Tolstoi, hábilmente, empieza a trastornar los pensamientos y los diálogos de Anna. Cuando está despierta y no ha tomado la sustancia química. Nos describe pensamientos obsesivos que se repiten de manera compulsiva y que la hacen comportarse de forma irracional. Todo lo que sigue es la etapa final del descenso a los infiernos de la protagonista.

A mi modo de ver hay en esta obra una mezcla de sencillez formal y de paranoia en el caracter y reacciones de varios de sus personajes  —inducida por uno o varios agentes externos, es cierto, pero siempre o casi siempre es así, ¿no?— que la hacen seductoramente moderna.