Imagen de Estambul en el arte

Estambul aquí y allá

A medida que me adentro en los libros de Juan Goytisolo se me va imponiendo en el pensamiento la idea de que la obra del autor barcelonés —de cuyo fallecimiento hará ya cinco años este junio— es uno de los escasos puentes en castellano que existen actualmente entre las culturas oriental y occidental.
Es inevitable pensarlo cuando uno se adentra en libros como Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, que ya tiene unos años en mi mochila, o el más reciente que acabo de leer, Estambul otomano.
Lejos de pretender la confrontación, tan cara a algunos ideólocos, Goytisolo busca el contraste revelador, ese que es capaz de tiznar de rojo la cara a quienes pretenden sostener argumentos excluyentes y superioridades espirituales basadas en la religión o en la moralidad de las costumbres.
Y al mismo tiempo encuentra rasgos de carácter y comportamiento que podrían ser perfectamente comunes entre ambas culturas.

Desmontando mitos

Imagen del libro Estambul otomano de Juan Goytisolo

Buceando en la historia y las crónicas, el escritor construye un conjunto se ensayos acerca de la cultura y sociedad otomana que nos explican hasta cierto punto cómo es hoy el pueblo turco, cuando ya el imperio otomano, desmembrado al acabar la primera guerra mundial, no existe.
Y desmonta algunos mitos extendidos sobre los turcos por viajeros occidentales ignorantes o malintencionados, que en la historia han sido unos cuantos, poniendo al mismo tiempo en valor a otros con la simple piedra de toque de demostrar su veracidad.
Por ejemplo, solo la aristócrata inglesa Lady Montagu, escritora y esposa del embajador británico en Estambul a principios del siglo XVIII, pudo tener acceso al harén de la Sublime Puerta (el nº 10 de Downing Street, o La Moncloa del imperio otomano, para entendernos) y escribir sobre ello.
Los demás viajeros, hombres, escribieron sobre el harén, sí, pero desde la más pura fantasía. Nunca habrían podido acceder a aquel espacio privado del sultán.
Y el mismo patrón, supongo, ha empleado para relatar aspectos de la sociedad otomana muy comentados en occidente hasta el siglo pasado como su supuesta crueldad o la presunta predilección sexual de los turcos por los hombres.

Rastrillando la historia

El libro no es, pues, una descripción del Estambul de hoy en día (de 2003, a principios de siglo, cuando lo escribió), aunque algunas de las costumbres de su dilatada historia hayan pervivido.
En los ensayos nos habla de la figura del déspota, de califas y derviches, de la sorprendente cofradía religiosa de los bektachís, del trato que recibían las minorías religiosas, del gran bazar, de los domadores de osos o de las alhamas (baños turcos), repasando de forma somera algunos de los aspectos más interesantes de una cultura y una sociedad que sigue siendo desconocida para muchos más allá de su puro exotismo cinematográfico.

En el harén, pintura de Juan Jiménez Martín

He echado de menos una crónica más personal de Goytisolo, de sus paseos por la ciudad, que habrán sido muchos, y de su especial mirada para describir sus calles y sus gentes.
Es cierto que la crónica sentimental de Estambul ya la escribió Orhan Pamuk, el periodista y escritor turco, uno de los autores más jóvenes en conseguir el premio Nobel de Literatura. Un libro Estambul. Ciudad y Recuerdos que, curiosamente, se publicó el mismo año que este del que escribo ahora, tres años más tarde en español.

La realidad y el sueño

Como suele ocurrir con todos los libros de viajes o sobre determinados lugares, se cumple la máxima de Heinrich Böll cuando visitó Irlanda: “Esta Irlanda (pongan aquí el país que quieran) existe: pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra”.
Los sitios, como las personas, cambian con los años. Unas veces a mejor, otras a peor, pero siempre cambian. Gracias a ello pueden seguir viviendo los escritores viajeros que ven cosas distintas cada vez que visitan un lugar. Y gracias a ello también, los pueblos tienen la continua oportunidad de reivindicarse a sí mismos.
Estambul otomano es un libro que rastrea en el pasado para explicar el presente. Pero el presente de 2003, hace ya veinte años. Y aunque la ciudad halla cambiado, la perspectiva y delicadeza con que la trata Goytisolo es, como decía al comienzo, un puente que nos acerca más que nos separa.
Obra de un escritor tan cervantino como él, por supuesto. Tan acostumbrado a los páramos, tan abierto a la realidad.

Imagen de Albert Camus

Mediterránea luz

A veces se encuentra el lector con libros instantáneos, esos a los que se pega uno y no puede dejar de leer de un tirón, o dos, hasta el final. Y si además están impregnados de tanta luz mediterránea como este, más placentera es la experiencia y más cortas se hacen las horas, sobre todo en las largas tardes de invierno.

El libro al que me refiero es El hombre de las dos patrias del periodista Javier Reverte. El escritor madrileño, admirador confeso de Albert Camus, se propuso en 2013 —aunque el libro se publicó tres años más tarde— viajar a los lugares argelinos en los que el autor francés situó parte de su obras, por ejemplo La peste, El extranjero, sus Carnets o El primer hombre.

Así que ligero de equipaje, como todos los viajeros que se precian, se embarcó en Alicante hacia la otra orilla del mar también nuestro, y allí recorrió durante varios días las localidades de Orán y Argel. El resultado fue este libro, breve pero luminoso como las ciudades que describe.

Imagen de la luz mediterránea de Argel
Argel, foto Sandervalya (cc by-sa)

Detalles

La narración es una mezcla de datos históricos, anécdotas y referencias biográficas sobre el autor francés, citas de sus libros y anotaciones de otros viajeros que visitaron ambas ciudades como Stefan Zweig o Ryszard Kapuściński. Todo ello intercalado con sus impresiones personales a medida que va visitando barrios y lugares.

Percibía, mientras caminaba seguido por Houari, que Argel era una ciudad de fiera luminosidad y pensé que en el carácter de la urbe había algo de sólido y bravo, mezclado con un aire de eternidad jovial. Yo creo en el espíritu de las ciudades, y en Argel hay algo de irreductible, un músculo íntimo y acerado que me recuerda a Estambul. Tengo la impresión de que nada puede derrotar a Argel, como a Estambul: ni el deterioro, ni el abandono, ni siquiera las guerras… Y quizá la razón más profunda de su capacidad de resistencia no sea la ferocidad de su historia, teñida de sangre, sino la belleza que nunca la abandona y que ni siquiera la decrepitud de sus edificios, el paisaje de la ropa tendida en los balcones, las basuras amontonadas en las esquinas, el vaho apestoso de las alcantarillas, de las que emanan olores nauseabundos, consiguen derrotar”.

Sobrevivir a la guerra

Esta es la Argelia recién salida de lo que fue su década ominosa, los diez años de una guerra civil de violencia despiadada que dejaron agotados a sus habitantes y sus ciudades.

Javier Reverte, foto Cruccone (cc by)

Parte de ese destrozo —la ausencia de turistas, la ruina de zonas descuidadas de Orán y Argel, las miserables condiciones de vida de muchos de sus habitantes— está contado aquí por Javier Reverte, cuyas impresiones olfativas y visuales ofrecen un fresco muy vívido de lo que eran ambos puertos de mar hace apenas diez años.

Ciudades cuyos habitantes dicen preferir la cultura española a la francesa. La presencia colonial de Francia, que acabó con una guerra salvaje —¿alguna no lo es?— y la independencia a principios de los años sesenta, dejó cicatrices aún visibles en un país que fue durante siglos un destino preferido por los emigrantes españoles, atraídos por las oportunidades vitales que ofrecían Orán y Argel.

No era de los nuestros

La relación entre el país y España se remonta a siglos atrás, siendo uno de sus hechos más recordados el cautiverio que padeció Don Miguel de Cervantes durante cinco largos años en la ciudad de Argel.

Pero fue Albert Camus el motivo del viaje de Reverte, y lo que encontró allí fue rechazo y olvido. Las personas a las que pregunta el periodista, varios de ellos profesores en la universidad o en centros educativos, prefieren no recordar al escritor criado en sus calles y que llegaría a ser Premio Nobel de Literatura. No era de los nuestros, responden cuaando se les pregunta.

Libro de Javier Reverte

Sienten que fueron invisibles en la obra de Camus. Rechazo que el autor también padeció de los propios pied-noirs, los colonos franceses nacidos en Argelia, aunque Camus fuera uno de ellos. El mismo rechazo que el escritor padeció de la intelectualidad francesa, Jean Paul Sartre al frente, por no alinearse con el comunismo de Stalin al que tan afectos eran entonces.

El libro se titula El hombre de las dos patrias porque Camus fue al mismo tiempo francés y argelino, aunque bien podía haberlo titulado El hombre sin patria porque nunca fue totalmente aceptado en ninguna de las dos. Reverte lo resume muy bien en una frase: “La soledad suele ser el territorio del destierro para el hombre verdaderamente libre”.

Viaje a Juneau

Un viajero es solo parcialmente un paisajista, un paisajista de los detalles que se ocultan a la mayoría. Miren sus apuntes sobre los adoquines, sobre las puertas, las calles o los jardínes, el sastre de patio parisino o el marino marsellés que regresa de Oriente a puerto, el filete ruso bien hecho y con salsa tártara o la cerveza negra aún tibia que bebe mientras mira por la ventana caer la lluvia sobre el río Liffey. En su cuaderno queda el rastro de personas y objetos que su escritura nos ilumina con una luz distinta.

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Vancouver, Canadá. Photo by Helvin Nyoliman on Unsplash

Cuatrocientas páginas de osos

No suelo leer libros de viajes, pero el título del último que tuve entre las manos me atrapó de tal modo que no pude esquivarlo: «El mar y sus significados. Viaje a Juneau» del escritor británico Jonathan Raban. Un viaje aburrido y plomizo como el cielo del norte, prosaico como un catálogo de herramientas industriales. Centenares de millas náuticas bordeando la costa noroeste del Pacífico desde Seattle hasta Juneau. Un viaje solitario, a bordo de un pequeño yate, costeando hacia el norte la Columbia británica, actualmente la orilla oeste de Canadá, para alcanzar la primera lengua de tierra de Alaska. En ese trayecto frío y desabrido sólo hay grandes montañas cubiertas de árboles y más árboles en las laderas; hay cascadas y cascadas de agua, y más árboles en la costa, y osos, osos, y más osos. Más de cuatrocientas páginas de montañas rocosas, coníferas verdes, cascadas de agua, costas recortadas y abruptas y osos, muchos osos.
Viaje a Juneau
¿Qué tiene entonces interesante este libro? A mi me atrajeron tres paisajes: la exploración de la soledad, para la cual el autor se sirve de la muleta histórica de la expedición científica realizada en esta costa por el capitán George Vancouver, en el siglo dieciocho y a bordo del Discovery; en segundo lugar, la exploración del poder destructivo y regenerador de la naturaleza salvaje, incluyendo en esta al ser humano; y por último, la exploración de las técnicas de navegación en estas costas y de la mitología del mar enraizada en la cultura de las tribus indias que viven aquí.

El silencio del agua

El irascible George Vancouver, capitan del Discovery, cuenta Raban, acabó enfrentado en su periplo a todos los oficiales que viajaban en la expedición. Todos ellos procedían de familias de la nobleza británica, mientras que él era un hombre hecho a sí mismo. Pasó muchos días y muchas noches sin hablar practicamente con nadie, encerrado en su camarote, rumiando. Era tan riguroso con su trabajo que hizo una de las más perfectas cartografías de estas costas que se recuerdan, hasta el punto de que aún se seguía utilizando en el siglo veinte.

Raban, que hace éste viaje sólo en su yate, se acompaña de libros y discos de música clásica para hacer más habitable su propia soledad cuando el barco debe refugiarse en alguna ensenada de los vientos del noroeste. Recala en destinos de veraneo que durante su travesía describe solitarios y apenas poblados por una o dos familias. O en fondeaderos en los que habitan solitarias parejas que han decidido apartarse del mundo en busca de algo de paz. Y los detalles que ve y que describe van trazando una imagen precisa de lo que puede ser la soledad. Y la descripción del sonido del agua, tan amiga del silencio.

Naturaleza salvaje

A medida que se avanza en la lectura es inevitable preguntarse por el tópico: ¿Quién es realmente salvaje, el hombre o la propia naturaleza? Los dos, a su manera, lo son. El hombre cuando esquilma las poblaciones de salmón de la zona. O cuando pervierte la cultura india originaria hasta convertirla en un mero reclamo turístico. Agonizante la pesca por la sobreexplotación y de capa caída la industria maderera por las leyes comerciales del país vecino, sólo los barcos de crucero llevan algún atisbo de prosperidad a las poblaciones locales.

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Canal Douglas, Columbia británica. Photo by Heather Shevlin on Unsplash

Igual que doscientos años atras los tripulantes del Discovery visitaban las aldeas indias ofreciendo abalorios de colorines, espejitos y trozos de bronce a cambio de pieles de nutria marina, hasta llevar la especie al borde de la extinción, cuando Raban visita estas costas son los turistas de los cruceros quienes desembarcan con sus máquinas de fotos y sus divisas para proporcionar algún alivio económico a estas poblaciones en declive y tan apartadas de todo que sólo se puede llegar hasta ellas por barco o en hidroavión.

Este libro se publicó por vez primera hace veinte años. El autor describe aquí y allá las ruinas de asentamientos madereros abandonados, terrenos que fueron talados por las sierras mecánicas y que los grandes árboles del Pacífico Norte han vuelto a reclamar como propios, como una selva tropical que recuperase de nuevo el territorio perdido tragándose los templos que levantó el hombre con sus manos y que no han resistido la fuerza indómita de tanta vida, de verdad, salvaje.

Lo que visitan los turistas poco o nada tiene que ver con la vida real que existió alguna vez allí. La vida comercial se ha convertido en la representación teatral de una existencia ficticia que busca adecuarse a las expectativas de aventura-indómita- en- la-naturaleza que traen consigo. Hasta el punto de que en algunos lugares los habitantes han construido una población paralela, algo alejada de la zona visitable, dónde se vive la vida real y cotidiana de la comunidad.

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Juneau. Photo by Steve Halama on Unsplash

El mar y sus significados

La cultura india de estas costas es una cultura marítima. Y toda cultura enraizada en el mar siente un terror atávico hacia el agua al mismo tiempo que un sentimiento de gratitud porque del mar dependen para sobrevivir.

Las aldeas indias se van sucediendo en la costa. Tras sus cabañas, las montañas con sus glaciares y picos helados y los impenetrables bosques de coníferas y fieras salvajes. Delante, el agua, de una profundidad que no detecta la sonda del barco en el que viaja Raban. Y en medio, una estrecha franja de tierra en la que se asientan sus viviendas, se levantan sus totems y reposan las canoas. Toda su mitología y sus formas artísticas están relacionadas con el mar y con sus ondas. Incluso se percibe esta profundidad a pesar de la influencia de los colonizadores y predicadores que acabaron por suavizar su visión original del mundo y la naturaleza. Raban lo cuenta con maestría, apoyándose en su propia observación, pero también en las lecturas de los viajeros que exploraron la costa doscientos años atrás y aún después.

Vancouver Totem
Quatsino sound, British Columbia. Photo by Vancouver Public Library Historical Photographs

Hay, además de una profundidad insonsable, una enorme imprevisibilidad en el comportamiento del agua y de las mareas en estas costas tan recortadas, un laberinto de pequeñas islas, ensenadas y salientes rocosos. El navegante se afana en describir su pelea por gobernar el barco y lo que no pasa de ser una mera descripción técnica de la navegación acaba por tener cierto sentido metafórico cuando el autor lo enfrenta a su propia peripecia vital.

Vuelta a casa

Lo peor del viaje puede ser el regreso, más aún si el viaje se emprende para escapar y uno advierte que no hay escapatoria posible. El mero hecho de viajar acaba siendo una simple ilusión, un paréntesis que se clava en la historia de cada persona para recordarle cuando se levanta por la mañana o se acuesta por la noche que hay otras vidas, otros lugares que nada tienen que ver con nosotros. Aunque siempre, siempre, nos dejen la duda, nos inciten a pensar si será verdad que nada tienen que ver con nosotros.

Raban, Jonathan (Hempton, 1942). El mar y sus significados: Viaje a Juneau. Barcelona, España. Ediciones Península, 2003.

La Irlanda de Heinrich Böll

«Pásese por el puerto de Dublín y fíjese bien lo que exporta Irlanda: niños y curas, monjas y galletas, whiskey y caballos, cerveza y perros…».

Tuvo que ser decepcionante la primera impresión de Heinrich Böll cuando en el ferry que le acercaba al puerto de Dun Laoghaire una fría madrugada de 1959 escuchaba frases como ésta que una emigrante de regreso al pueblo le contaba al cura con el que compartía asiento. Y las sucesivas impresiones que tuvo en su penoso viaje hasta llegar Westport (co. Mayo), en el oeste de la Irlanda, fueron del mismo jaez, a tenor de la crónica de éste país que va relatando en su Diario irlandés.


Para ser justos, si bien esa es la descripción de aquellos primeros días de estancia, el lector también encuentra en el tono y la estética una inmensa ternura que comparten a partes iguales el narrador y los personajes que van desfilando por las pequeñas crónicas que componen el libro.

Böll, en aquellos años testigo de una Alemania que se reconstruía del desastre del nazismo a una velocidad vertiginosa (al menos en los que la actividad económica se refiere, otras heridas tardaron mucho más tiempo en curarse y esa cicatriz también aparece en estas páginas), se sorprendía de la calma oceánica con la que los irlandeses se tomaban la vida. Y ello a pesar de que dos de cada tres hijos de una familia normal estaban obligados a emigrar porque la economía familiar no daba para alimentar más bocas y la tierra, en gran parte un pantano esteril, no producía más que carbón vegetal en grandes extensiones de turberas salpicadas de cantos, pedruscos y agua.

El carácter irlandés es parejo al lugar en el que viven, sencillo y tosco, pero también está impregnado de esa  belleza propia de la naturaleza virgen. Son buena gente, y Böll lo refleja con maestría en ésta
crónica de Irlanda a finales de los 50,  que también es un relato de su miseria.
Quién haya estado en Irlanda compartirá esta impresión. En todo caso, siempre se puede recurrir a la cita que el autor sitúa, a modo de prevención, en la primera página del Diario: «Esta Irlanda  existe, pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra».

El progreso, el desarrollo, el avance económico, el contacto con decenas de miles de europeos que acuden año tras año a la isla han transformado un paisaje aspero y curtido por la escasez y la pobreza en un territorio acogedor y atractivo. ¿Ha perdido por ello vigencia la obra del escritor alemán? Apuesto a que no. La literatura de viajes no consiste sólo en construir un retrato geográfico, también es una fotografía política y el relato instantáneo y preciso del país que se visita.

La imagen, una carretera del condado irlandés de Connemara, es del flickr de René van Linden.

Europa infinita

«Vivir significa, hoy más que nunca, viajar». Así lo afirma el escritor italiano Claudio Magris en una de las crónicas de viaje que ha publicado durante años en el periódico Corriere della Sera y que en España se pueden leer en una edición que Anagrama ha titulado El infinito viajar.

Los más de cuarenta artículos que componen el volúmen están ordenados, no cronológicamente, sino geográficamente, de sur a norte. Este recorrido estríctamente europeo fue la composición original del libro publicado por vez primera en Francia. Las posteriores ediciones italiana y española incorporan crónicas de viajes a Irán, China, Vietnam y Australia. El prefacio es un capítulo valioso por sí mismo en el que desgrana los diferentes sentidos que para Magris tiene al viaje. A mí me gustó éste.

Cada crónica del escritor triestino nos describe el lugar que visita observado no con la máquina fotográfica del turista, sino con el visor de quien conoce la historia y la actualidad política de aquel Estado o ciudad y de sus gentes, su realidad social y su atlas literario, tanto histórico como contemporáneo. Esa es su aportación personal a los datos procedentes de la observación directa y el contacto con los paisanos.

El autor de Microcosmos y de El Danubio se preocupa por dar espacio a la minoría, por introducir reflexiones que invitan a pensar con detenimiento en nuestro propio entorno, o por describir la belleza de lugares apartados de las rutas de navegación del viajero en masa, como el archipiélago de las Scilly (en la foto de Tom Goskar).


España, Reino Unido, Alemania (la dividida y la reunificada), Austria (entre las crónicas sobre este país hay una interesante reflexión sobre el judaísmo), las ex repúblicas yugoslavas, Italia, Checoslovaquia en el año de su división en dos estados, Polonia, Rusia (curiosa visita comparativa a las casas de Dostoievski y Gorki) y los países nórdicos, son las etapas que se cubren en estas páginas.

Hay en la elección de cada destino una preocupación por la frontera, por su influencia política y social, que pertenece al origen triestino del autor y que se revela incluso al hablar sobre lugares no tan fronterizos:

En Suecia se disfruta de la señorial y festiva curiosidad intelectual de gente que se interesa por otras cosas, por lo que llega del otro lado de la frontera, completamente libre de esa afanosa inseguridad que condena a tantos pueblos y culturas (especialmente en Mitteleuropa) a estar obsesionados por sí mismos y por su identidad, a requerir sin cesar atestados de estima y consideración.

Sus escritos son un pequeño compendio de sabiduría –según Juan Cruz, Magris es un sabio– acerca de Europa, de una Europa que no se acaba nunca, infinita, que a pesar de siglos de historia, es capaz de incitar continuamente al pensamiento con nuevas inquietudes sobre la política, la historia o la literatura. Estos son los  senderos por los que se adentra con una escritura precisa y sin alardes, lo que resalta la belleza de las descripciones, magistral la que escribe sobre la gran barrera de coral australiana.

La parte final del libro, en el que cambia el territorio, y con el la historia y la configuracion política del retrato, funciona como una especie de contrapunto oriental a la realidad europea. Se ve así cuando dice, de visita en Irán y escribiendo en voz alta sobre el fundamentalismo islámico, que por estos lares no estamos aún curados de espantos:

El actual fundamentalismo anárquico-liberalista-ultra que contamina hoy la sociedad occidental con su facciosa irracionalidad y vilipendia el verdadero pensamiento liberal -tomándolo por una caótica licencia y una jungla salvaje- fomenta la violencia porque mina las reglas con las que la civilización la tiene a raya.

Por encima del empalagoso, y falso, cuando no tópico, relato de viajes tan habitual en la prensa comercial de nuestros días, los escritos del germanista italiano pertenecen a una prensa preocupada por ofrecer el mejor contenido intelectual a sus lectores, una concepción del periodismo que está en franco retroceso y que parece relegada a los libros.

Para acabar, una última reflexión de Magris acerca del viaje:

Viajar es una escuela de humildad; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgan a otra.

El retrato de Claudio Magris es del periodista Thomas Berg.