Una flor púrpura

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie publicó su primera novela, Purple hibiscus, traducida en España como La flor púrpura, en 2003. Cuenta la historia de una familia de Enugu cuyo padre, Eugene, es un respetado empresario de alimentación y editor de prensa a la vez que ferviente creyente y seguidor de la iglesia católica.

Eugene, de puertas afuera de su mansión todo bondad y generosidad para con sus vecinos y conciudadanos, dentro de casa y debido a sus férreas convicciones religiosas, se transforma en una bestia parda capaz de renegar de su propio padre por aferrarse este a sus creencias animistas y no abrazar el catolicismo; capaz de maltratar salvajemente a su esposa y a sus dos hijos adolescentes hasta un punto de no retorno.

Una flor púrpura
Chimamanda Ngozi Adichie. Foto: Carlos Figueroa (CC BY SA)

Como contraste y punto de fuga, la hermana del padre de familia, Ifeoma, profesora en la universidad de Nsukka, localidad que dista apenas una hora y cuarto de trayecto de Enugu, ambas en el interior del país africano, trata de separar a los dos adolescentes de la nefasta tiranía paterna acogiéndoles en su casa en breves espacios de tiempo, aprovechando la situación de riesgo a la que se expone la familia debido a un golpe de estado militar.

Estas escapadas a un hogar bastante más pobre, pero también mucho más libre y tolerante, acabarán por transformar la personalidad de los dos adolescentes en un momento clave de sus vidas.

La historia está narrada por la joven hija de quince años, Kambili, que tiene una relación muy estrecha con su hermano menor, Jaja. A través de su mirada, diáfana y candorosamente franca, aunque fuertemente influenciada por su padre, la joven va narrando unos hechos particulares que, ampliando el foco, muestran el contraste entre quienes desean vivir en una Nigeria moderna y solo encuentran obstáculos para avanzar y quienes se aferran a unos modos de hacer aún fuertemente arraigados en el espíritu colonial británico.

Ese contraste está reflejado en el conflicto que se produce entre la personalidad y comportamiento de Eugene con el de otros protagonistas de la historia: por ejemplo su forma de practicar la religión con la del padre Amadi, cuya visión es mucho más tolerante y abierta. O sus métodos educativos con los de su hermana, la tía Ifeoma, profesora universitaria cuyo amparo será crucial para el desarrollo de Kambili y Jaja.

El debut literario de la autora nigeriana, afincada en Estados Unidos, ha sido ya traducido a 28 idiomas, entre ellos al castellano. La obra de Ngozi, como antes la de otros autores de su país —Chinua Achebe y Wole Soyinka por ejemplo— sigue siendo una buena oportunidad para conocer con un detalle más preciso y actual este rincón de África. Y para empezar a pensar de otra manera en el continente.

El hechizo de la tierra

Dejemos a un lado a los amigos, a esos escritores que uno lee por amistad antes que por cualquier otra razón. Salvando este caso, un lector se acerca a un autor a través de dos vías distintas: su vida o su obra. Lo habitual es que sea a través de la obra como se va adentrando en el universo particular de cada creador o lo deja fuera de su sistema de lecturas si no le gusta lo que lee. Y si nos gusta, después nos interesamos por su vida.

A veces, las menos -las excepciones, diría yo- ocurre al revés, hay autores cuya vida constituye de por sí un atractivo o despierta una curiosidad insoslayable que nos hace interesarnos primero por ella antes que por su obra y, a partir de ahí, tras leer sus memorias o una biografía, nos adentramos en sus ficciones. En mi caso sólo me ha ocurrido con dos autores, si no recuerdo mal, James Joyce y Albert Camus. Después dejé de leer memorias. Hasta ahora, cuando me topé sin quererlo en la biblioteca pública con Partirás al amanecer de Wole Soyinka.

Estaba confiado en que iba a leer las memorias literarias del primer escritor africano al que se le concedió el Premio Nobel. Me equivoqué. Antes que cualquier otra cosa, son unas memorias políticas. La política de Nigeria impregna el 95% de las páginas del libro, puesto que el Profesor Soyinka, como es conocido en su tierra, ha sido casi toda su vida un perseverante luchador en favor de la democracia en el país más poblado de África. Este compromiso -y las consecuencias y efectos que conllevó- hace que el lector termine viendo como cosa normal que un Premio Nobel de Literatura circule por la calle con una pistola glock en la cintura, no por temor al asalto de un delincuente o de un terrorista, sino como método de autodefensa ante la certeza de que su propio Gobierno quiere quitarlo de enmedio, a pesar de todos sus laureles y reconocimiento internacional. El exilio y la prisión son conceptos que el autor nigeriano ha padecido en sus propias carnes. Nada, o poco que ver, con la imagen que en nuestro mundo más cercano -en mi caso Europa- tenemos de lo que es en estos momentos un escritor.

Imagen de Wole Soyinka, Chidi Anthony Opara y Kofi Awoonor

Como es mi primer acercamiento a Soyinka, es decir, que no he leído ninguna otra obra de él, quiero creer que este compromiso político se ve reflejado en su obra. El deja entrever algo respecto a sus obras teatrales, e incluso expone el caso del teatro como instrumento de transformación social en Jamaica. Porque el compromiso del autor no se limita a su país, sino que le lleva a colaborar en otras causas como el apoyo a Nelson Mandela en Sudáfrica o un intento de mediación entre republicanos e unionistas en Irlanda, una experiencia que resultó frustrante para él.

Pero no todo es política. Son especialmente divertidas la peripecia de Soyinka y un grupo de compañeros por recuperar en el estudio de un arquitecto en Brasil una figura del dios yoruba de los océanos, Olokún, que se consideraba perdida y que finalmente, resultó ser un molde de una pieza expuesta en el Museo Británico, y por supuesto, el hilarante relato de cómo se enteró de haber sido galardonado por la Academia Sueca y el ridículo papel jugado por un periodista que debía acompañarlo para hacer un reportaje sobre su reacción a la noticia y no se enteró de ella. Soyinka escribe con moderación y seriedad y de vez en cuando, como quien te regala toda su humanidad, tiene la capacidad de hacerte soltar una carcajada.

El libro está entreverado de la amistad que el Nobel tuvo con Femi Johnson, y por una honda espiritualidad de la que deja constancia al relatar su experiencia al visitar en 1998, tras un almuerzo con Shimon Peres, la Jerusalén vieja:

¿Por qué una alfombra de paz de tal generosidad estaba tan empapada de odio? Pues lo único que yo percibía era una capa protectora abierta a una vista interminable, una disolución de rocas, bosques y monumentos alzándose desde aquella tierra a un aire de paz; una tierra que, en aquel momento imborrable, me calaba desde las suelas y se afirmaba como ombligo espiritual del mundo. Y sentí que se me había concedido un don. Carecía de definición pero era, con toda claridad, un bien muy buscado. Me dejaba elevado, provisto de la certeza infinita de que todas las cosas iban a solucionarse. En cierto modo sentí que el futuro estaba resuelto y se me había transmitido su verdad. No que se me había revelado, porque no tenía idea de qué era: sólo sabía que se me había hecho confidente secreto del fin de la discordia»

La foto que ilustra este post ha sido publicada por el poeta Chidi Anthony Opara con una licencia Creative Commons. En ella Opara y Soyinka se dan la mano ante la mirada del poeta ghanes Kofi Awoonor, asesinado en septiembre en el asalto al centro comercial de Nairobi. Aquí pueden leer algunos de sus poemas traducidos al castellano por Gerardo Cárdenas.