Borges, la inteligencia y la poesía

En 1967, en el transcurso de una entrevista, Jorge Luis Borges, hablando de la actividad literaria de T.S. Eliot como crítico y poeta, dijo lo siguiente:

intelligence has little to do with poetry. Poetry springs from something deeper; it’s beyond intelligence. It may not even be linked with wisdom. It’s a thing of its own; it has a nature of its own. Undefinable.»
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la inteligencia tiene poco que ver con la poesía. La poesía procede de algo más profundo; está más allá de la inteligencia. No siempre está relacionada con la sabiduría. Es una cosa en sí misma; tiene su propia naturaleza. Indefinible.»

La entrevista fue realizada en un despacho de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, de cuyas paredes colgaban reproducciones de algunos grabados de Piranesi. Quizá alguno de ellos fuera el que encabeza esta entrada, titulado «El puente levadizo», un instrumento ideal para la biblioteca infinita y gozosa del autor argentino.

Fuente: Paris Review – The Art of Fiction No. 39, Jorge Luis Borges.

Imagen de estatuas

Plegaria

—Eros: acaso no sentiste nunca
Piedad de las estatuas?
Se dirían crisálidas de piedra
De yo no sé qué formidable raza
En una eterna espera inenarrable.
Los cráteres dormidos de sus bocas
Dan la ceniza negra del Silencio,
Mana de las columnas de sus hombros
La mortaja copiosa de la Calma,
Y fluye de sus órbitas la noche;
Víctimas del Futuro o del Misterio,
En capullos terribles y magníficos
Esperan a la Vida o a la Muerte.
Eros: acaso no sentiste nunca
Piedad de las estatuas?—

Piedad para las vidas
Que no doran a fuego tus bonanzas
Ni riegan o desgajan tus tormentas;
Piedad para los cuerpos revestidos
Del arminio solemne de la Calma,
Y las frentes en luz que sobrellevan
Grandes lirios marmóreos de pureza,
Pesados y glaciales como témpanos;
Piedad para las manos enguantadas
De hielo, que no arrancan
Los frutos deleitosos de la Carne
Ni las flores fantásticas del alma;
Piedad para los ojos que aletean
Espirituales párpados:
Escamas de misterio,
Negros telones de visiones rosas…
¡Nunca ven nada por mirar tan lejos!
Piedad para las pulcras cabelleras
—Místicas aureolas—
Peinadas como lagos
Que nunca airea el abanico negro,
Negro y enorme de la tempestad;
Piedad para los ínclitos espíritus
Tallados en diamante,
Altos, claros, extáticos
Pararrayos de cúpulas morales;
Piedad para los labios como engarces
Celestes donde fulge
Invisible la perla de la Hostia;
—Labios que nunca fueron,
Que no apresaron nunca
Un vampiro de fuego
Con más sed y más hambre que un abismo.—
Piedad para los sexos sacrosantos
Que acoraza de una
Hoja de viña astral la Castidad;
Piedad para las plantas imantadas
De eternidad que arrastran
Por el eterno azur
Las sandalias quemantes de sus llagas;
Piedad, piedad, piedad
Para todas las vidas que defiende
De tus maravillosas intemperies
El mirador enhiesto del Orgullo:

¡Apúntales tus soles ó tus rayos!

Eros: acaso no sentiste nunca
Piedad de las estatuas?…

Delmira Agustini. Los cálices vacíos (1913)
La obra de Delmira Agustini pertenece al dominio público.
El cuadro que ilustra el poema se titula Las estatuas en el Parque de Versalles de Henri Le Sidaner.

No hablaré de mis sombras

Hay silencios imposibles. Éste que recuerdo hoy no deja de ser verdaderamente conmovedor. El paso de los años incluso lo convirtió en una cuestión arqueológico-biográfica. El asunto se presta fácilmente a los juicios de valor entre otras razones, principalmente políticas, porque definen una sombra, una zona oscura, de Pablo Neruda.

El poeta chileno ocultó en sus memorias a su única hija, Malva Marina, nacida de su primer matrimonio con la holandesa Maria Antonieta Hagenaar, que había conocido en Java. La niña nació con hidrocefalia y, al separarse el matrimonio la pequeña, que tenía dos años, quedó al cuidado de su madre. La niña murió durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué Pablo Neruda no contó nada de su hija en sus memorias? Imposible saberlo ya, todo son suposiciones.

Aunque el escritor celebró otros dos matrimonios con Delia del Carril y Matilde Urrutia, no volvió a tener hijos. Durante muchos años nada se supo acerca del destino de Malva Marina y de su primera mujer, y de la relación de Neruda con ambas. En 2004, coincidiendo con el centenario del nacimiento del autor chileno, dos periodistas, Alejandra Gajardo y Antonio Reynaldos, desvelaron qué había ocurrido: La madre dejó a la niña en la localidad de Gouda al cuidado de una familia holandesa. Se ocuparían de ella hasta su muerte a los nueve años.

Pueden imaginar, dada la actividad política que desarrolló Neruda a lo largo de su vida como militante del Partido Comunista de Chile, las consecuencias, las interpretaciones, los juicios de valor, que se han publicado desde entonces. En internet encontrarán varios reportajes acerca de este episodio; juzguen ustedes mismos. Por mi parte, les recomiendo leer éste texto de Bernardo Reyes, sobrino-nieto de Pablo Neruda: El enigma de Malva Marina.

Allende-Neruda
Salvador Allende y Pablo Neruda / Foto: Biblioteca Nacional de Chile (CC BY-SA 3.0 CL)

Ahora el libro que quería comentarles, Confieso que he vivido, las memorias de Neruda, que se publicaron tras su muerte.
Todo el mundo conoce a Pablo Neruda por dos hechos fundamentales, el primero su poesía, y el segundo su actividad política. Ambos son como esas boyas que coloca el submarinista para advertir de su posición aproximada. Pero, como los icebergs, bajo la superficie hay más, mucho más.

Se podrían dividir estas memorias, por estilo y por contenido, en dos partes. La primera incluiría su infancia en el sur de Chile, su juventud en Santiago, en Valparaíso, sus primeros libros, sus viajes y su trabajo como cónsul en países del sudeste asiático, su estancia en España y Europa antes y durante la guerra civil y la segunda guerra mundial, luego en México y su regreso a Chile.

Esta primera es, en mi opinión, la de mayor valor literario de todo el libro, por la riqueza del lenguaje que utiliza y por los fabulosos sucesos que Neruda vive o de los que es testigo, algunos de ellos realmente increíbles. Es un relato maravilloso, hermosamente narrado y de una humanidad y sencillez subyugantes, a ratos muy divertido. Luego, su actividad en Europa en aquel clima prebélico hacen que el tono se vaya tornando gris, como los sucesos que narra. Entre ellos es memorable, sin duda, el flete del mercante «Winnipeg» gracias al cual muchos refugiados españoles y europeos se salvaron de la muerte. Coincide esta etapa precisamente con la decisión de separarse de su primera mujer y de su hija.

En la segunda parte predomina el valor documental de la narración. Esta transcurre desde su regreso a Chile, el inicio de su persecución política, el exilio a Argentina y Europa, la consecución del Premio Nobel de Literatura, sus continuos viajes a los estados comunistas y finalmente, el fin del exilio, su candidatura a la presidencia, la campaña electoral a favor de Salvador Allende, el golpe de Estado del dictador Augusto Pinochet y el asesinato de Allende. Son sus últimas páginas; pocos días después moriría.

Ya se sabe lo que son las memorias. Muy raros son los autores que hablan de sus sombras, de sus zonas oscuras, pero eso no les libra de que se acabe conociendo de ellos ese perfil. Aún así, Confieso que he vivido me parece un libro hermoso acerca de América, sobre Chile, sobre el propio Neruda que, también desde sus silencios, agita con su contenido la permanente reflexión sobre cómo ha de ser la vida y la obra de los artistas, de los poetas.

El arpista amazónico

Don Anselmo llega un día al pueblo a caballo. Con el tiempo dirá a una de sus entrañables putas que nació en la selva del Amazonas o en la Mangachería, sin que el lector llegue a conocer su verdadero origen. Como todas las perlas, esconde su secreto.

Toca el arpa con maestría y funda un burdel en Piura, una casa que pinta de verde y se convierte en leyenda cuando el cura del pueblo, capitaneando a una turbamulta de paisanos con afán de venganza, le prende fuego.

El arpista sobrevive al incendio. Da igual. Ya estaba calcinado por dentro. Su figura flota en las páginas de la novela como la fantasmal víctima de un amor de final trágico.

Lo recuerdo aquí porque me pareció el personaje (para mí, mitad hombre, mitad fantasma) que más me atrajo de La casa verde, la segunda novela de Mario Vargas Llosa.

Hay muchos, singulares, oníricos, vírgenes, las monjas de la misión de Santa María de Nieva, en el alto Marañón, uno de los afluentes del Amazonas que atraviesa Perú y que conoció personalmente el autor, los cachacos, los chunchos, personajes imbricados en el contraste entre el desierto y la jungla, Lituma, la Chunga, los inconquistables, el lanchero Aquilino, el contrabandista Fushía, Lalita, Antonia, la Selvática, y unos cuantos más.

Imagen del Río Marañón
En el Río Marañón de Pierre Pouliquin / Licencia Creative Commons

Vargas Llosa la escribió en París, en pleno boom, cuando todo el mundo hablaba del realismo mágico latinoamericano.

La edición que ha pasado por mis manos, publicada en 1999 por Alfaguara (la primera es de 1966), va precedida de un escueto prólogo del autor en el que, 33 años después de aquella explosión literaria, no escribe palabra del boom ni del realismo mágico, si bien confiesa una lealtad no por conocida menos significativa:

Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a un historia».

Características que en una novela funcionan como la levadura que proporciona volumen a los bizcochos.

En Piura llueve arena, minúsculas partículas que se impregnan en la piel, la arañan y lastiman, y al otro lado de las montañas llueve humedad hacia arriba, en dirección al cielo, la tierra y su podredumbre se pudren en un vapor caliente.

Sí, también me recuerda a ese lugar.

Retrato de un villano moderno

Hay una pregunta que los periodistas son incapaces de responder con precisión e inmediatez cuando hacen su trabajo de recabar información y escribir noticias: el ¿por qué? Todos los plumillas del mundo saben desde que terminan sus estudios que para redactar una noticia hay que respoder cinco preguntas esenciales, ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿dónde? y ¿cómo?. El ¿por qué? queda fuera del territorio de la inmediatez. Quizá por eso haya tantos periodistas frustrados, porque hay una pregunta que les carcome y que en su día no pudieron responder (o simplemente, periodistas a los que eso les importa un carajo). A veces, hasta es imposible responderla con precisión. Se pueden hacer aproximaciones, pero entonces nos salimos del terreno vallado del periodismo y hay que adentrarse en un espacio desconocido, los dominios del arte. Por eso hay periodistas que escriben novelas.

Imagen de la novela El vuelo de la reina de Tomás Eloy MartínezSiempre ha habido grandes escritores que salieron del mundo del periodismo. El argentino Tomás Eloy Martínez es uno de ellos. Les quiero hablar de una de sus historias, El vuelo de la reina, en la que se convive con la sensación de que esa pregunta ¿por qué? está escondida detrás de cada uno de sus pasajes. Pero eso no define esta obra. La define que sea el mejor retrato de un villano moderno que he leído hasta la fecha. La define que el autor haya logrado hacer una obra de arte donde otros habrían hecho una simple crónica de sucesos o una telenovela de sobremesa. Lo primero lo consigue porque Tomás Eloy Martínez conoce los resortes que hacen que veamos a un ser humano sin la máscara que lo protege. Lo segundo, gracias al lenguaje. Con ese conocimiento de la línea que separa la naturaleza del hombre de la naturaleza animal y con el dominio de un lengaje rico en imágenes contundentes escribió éste relato.

El villano de hoy día que retrata el autor argentino responde al nombre de Camargo, el todopoderoso director de un diario cuyos actos lo van desnudando poco a poco ante el lector como lo que es: un ser ruin y desalmado, pero no un villano extraido de una novela histórica, sino uno con el que podríamos estar conviviendo cualquiera de nosotros en estos momentos, protegido por su poder y su posición. La política, el periodismo y el poder, son parte secundaria de la novela, el runrun de fondo, la corriente por la que se desliza la obra hasta su desenlace. El amor, en cambio, acapara todos los focos: ¿cómo es el amor de un villano por su familia, por sus hijas, por su esposa? ¿Y por su amante? ¿Y por sí mismo?. El resultado es escalofriante. Bueno, TEM hace que lo sea.

La novela consiguió en 2002 el Premio Alfaguara concedido por un jurado que predidió Jorge Semprún y del que formaron parte Rosa Regás, Agustín Díaz Yanes, Rosario Ferré, Juan González, Carlos Monsiváis y Nélida Piñón.

Si les apetece catarla, pueden leer el primer capítulo en el web de la Fundación TEM. Salud.