Un abrazo invisible

Hay en las necrológicas un inevitable culto a la personalidad. Escribir sobre alguien que ha muerto para recordarnos que esa persona ya no volverá a realizar obras tan destacadas como las que hizo en su momento. ¿Para recordarnos por última vez —a algunos por vez primera— que esas obras están ahí, que siguen vivas? ¿Un libro, por ejemplo, esperando ser abierto? Si no hay obra, el género se queda en eco de sociedad, porque la muerte es también un rito social colectivo. Y muchos prefieren que el rito social se limite a un recuadro enlutado y un obituario en el periódico. Nada más.

Wu_Zhang_-_Birds_and_Fruit_-_Google_Art_Project
Wu Zhang – Birds and fruit – Freer Gallery of Art / Google art project – Public domain

Entiendo que Harper Lee, como ha ocurrido con otros autores muy reconocidos, haya preferido un funeral discreto. Es una intimidad de la que ella no podrá disfrutar pero que se convierte en un deseo cumplido en las personas que más quiso en su vida. Como si dijera «me he ido, sí, pero os regalo este último instante íntimo, como tantos otros que fueron solo nuestros, de nadie más». Un abrazo invisible que entrega el vacío, la ausencia.

Alambrada

Camboya 1979
Refugiados. Camboya, 1979. Foto: UN photo/John Isaac (CC BY-NC-ND 2.0)

Rostros estropeados
espinazos rotos
currículos escritos hechos trizas
innecesarios.
Alambrada
Tú escribes sobre el hombre en el campo de concentración
yo sobre el campo de concentración en el hombre
en tu caso las alambradas están en el exterior
en el mío anidan en el interior de cada uno de nosotros.

Ryszard Kapuscinski

Este poema está incluido en el libro Poemas a toda plana —Poesía y periodismo—, seleccionados por Juan José Téllez.

 

El Español, ese periódico de Blanco White

El siguiente artículo se publicó originalmente en este blog en 2010. Lo reproduzco, con algunas variaciones de forma, tras leer hace unos días que el periodista Pedro J. Ramírez lanzará este año un nuevo medio que, curioso, tendrá el mismo nombre que éste del exiliado autor de las Cartas de España.

La próxima primavera se cumplen doscientos años del nacimiento de El Español, el periódico que publicó en Londres el escritor y periodista sevillano (de ascendencia irlandesa) José María Blanco White (Sevilla, 1775; Liverpool, 1841).

José María Blanco White

La publicación se editó mensualmente entre 1810 y 1813 y bimestralmente su último año de existencia, 1814, el mismo año en el que Fernando VII acabó con las Cortes doceañistas y las libertades que propugnó, entre ellas el primer decreto de libertad de imprenta de la historia de España.

Historiadores como José Alvarez Junco y Gregorio de la Fuente han atribuido a éste cuatrienio el nacimiento del periodismo político en España: 279 periódicos se publicaron en la zona regida por los patriotas, frente a los 25 de la zona josefina (el país estaba invadido por las tropas de Napoleón, que enchufó a su hermano José como rey).

Dado el aire de libertad que agitó las imprentas de la época, es llamativo que una publicación como El Español naciera y muriese en Londres. Para un sacerdote como Blanco White, la capital británica era, desde luego, un lugar mucho más apropiado para vivir que la España de entonces, puesto que  defendió libertades públicas a las que se oponía abiertamente la Iglesia Católica española.

Además, el escritor sevillano era persona “non grata” para buena parte de la sociedad de la época, entre ella la gaditana, a la que acusó de defender sus intereses comerciales antes que los intereses de la nación, según relata el historiador Vicente Llorens en su introducción a las Cartas de España.

Sus ideas autonomistas para las ‘provincias’ americanas tampoco le granjearon demasiadas amistades entre el ‘establishment’ nacional.

El Español era, de largo, un periódico de información política tal y cómo ésta se entendía a principios del siglo XIX. Así lo declara su autor desde el primer número, que puede consultarse digitalizado en la Biblioteca Nacional:

Este periódico se publicará una vez al mes, y estará dedicado a tres objetos, que lo dividirán en otras tantas secciones. La una política, en que se trate todo lo que tenga relación con los asuntos del día y especialmente con la causa de España; otra en que se extractarán los papeles públicos nacionales y extrangeros; y otra literaria en que se dé a conocer la literatura española; sin excluir la inglesa según alcancen nuestros conocimientos. Pero como las dos secciones primeras son las más importantes, excluirán a la tercera en algunos números”.

Fue un medio crítico con el texto constitucional que aprobarían en 1812 las Cortes de Cádiz. El constitucionalista Joaquín Varela Suanzes lo resume así:

Blanco White confiesa que a través de éste periódico se había propuesto hallar “un camino medio entre la mal fraguada democracia de las Cortes y la arbitrariedad monárquica del tiempo de Carlos IV”

Y no obstante, participó, con la dificultad impuesta por la distancia —que en 1810 no era la de un click—, en el debate sobre el decreto de libertad de imprenta que se aprobó en noviembre de aquel año.

Blanco White criticó abiertamente desde su periódico este decreto, pues no entendía como ésta libertad iba a estar tutelada por las llamadas Juntas de Censura, elegidas por los parlamentarios en Cortes. Lo cuentan Avarez Junco y De la Fuente:

Para este intelectual emigrado, era un contrasentido que las Cortes designasen los jurados que debían entender sobre los delitos de opinión, pues recortaban de esta manera la libertad de los ciudadanos a la hora de criticar su labor y a ejercer el necesario control sobre los representantes de la nación”.

En cambio proponía que fuese un jurado popular quien decidiese al respecto. Escribió Blanco White en El Español (anotación de la cita anterior):

El poder de la imprenta intérprete de la opinión pública, es el contrapeso del poder de las Cortes, como el de éstas debe serlo del ejecutivo; y tan absurdo es que las Cortes nombren los árbitros de la imprenta, como que el poder ejecutivo, nombrase los individuos del legislativo. El pueblo debiera nombrar estos jueces: el pueblo debiera confirmarlos o mudarlos al cabo de cierto tiempo”.

Fuentes:

  • BLANCO WHITE, José, Cartas de España. Introducción de Vicente Llorens. Traducción y notas de Antonio Garnica. Madrid, Alianza, 1972.
  • ALVAREZ JUNCO, José y DE LA FUENTE MONGE, Gregorio, El nacimiento del periodismo político (La libertad de imprenta en las Cortes de Cádiz 1810-1814). Madrid, APM y otros, 2009.
  • El texto de Varela Suanzes está enlazado desde el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
  • El retrato de Blanco White lo obtuve de la sección dedicada al autor sevillano en la biblioteca virtual de la Universidad de Liverpool.

Más información:

De la rutina a la imaginación

Las flores en el desierto, la podredumbre como abono, es un concepto asociado a la actividad creativa y a la escritura del que me cuesta prescindir, se ha enraizado como un pensamiento inevitable y recurrente que se presenta cuando le da la gana, como un socio molesto con el que uno no tiene más remedio que convivir porque sospecha que tiene razón, aunque a veces me rebele contra él.

Imagen de escritor
Foto: José Manuel Ríos Valiente (CC BY-ND 2.0)

Como todo, la metáfora, en cuanto tal, es opinable, matizable, y se bifurca en otros conceptos y caminos diferentes, el más evidente el tema de la obra de arte y, a la par, los personajes. Pero no solo. Esta mañana encontré en un texto del escritor británico Hanif Kureishi éste concepto referido al trabajo creativo en sí:

Quizás, para algunas personas, convertirse en un artista implica abandonar la vida ordinaria por la excitación de la bohemia, pero no conozco a muchos escritores que sean así. Escribir es un trabajo tan perseverante como cualquier otro. La rutina hace posible la imaginación. Escribir, podríamos decir, como oposición a representar”.

He trabajado profesionalmente como periodista durante más de veintidos años. Ignoro el número de noticias, entrevistas, reportajes, notas de prensa, discursos, informes que he redactado en éste tiempo. Miles. Desde hace casi dos años escribo literatura casi a diario y doy fe que mi trabajo como periodista era a menudo más divertido que mi trabajo actual como escritor. Y además ganaba dinero. Y era joven e ingenuo. Ahora es distinto. Todo. Hasta la verdad —agua entre los dedos— es distinta.

Imagen de escribir
Foto: Sarah Reid (CC BY 2.0)

En sus comienzos el autor británico rehusó emplearse en Fleet Street. El periodismo y la literatura laten de manera diferente y Kureishi lo vió a la primera. Lo explica en éste texto que voy glosando (la traducción es mía) y que pueden leer íntegro aquí. Cualquier lector defenderá que ambas actividades, periodismo y literatura, son aproximaciones legítimas a la realidad. Ahora, sin embargo, prefiero la literatura casi por las mismas razones que Kureishi:

Uno podría pensar en sí mismo como un realista, pero una proporción importante del mundo es insustancial, ha sido elaborada a base de sueños, fantasía, proyecciones paranóicas e imaginación. El único modelo que podría aproximarse a mostrar por completo éste caótico todo es la literatura”.

Y tiene razón. El periodismo no puede justificar en sueños, fantasías, proyecciones paranóicas e imaginación las causas de lo que sucede (excepto en las columnas de opinión). La literatura ofrece una visión más amplia, puede indagar en territorios cerrados al periodismo por la propia metodología de trabajo de éste. Y aunque se presente como ficción, ¿quién se atrevería a negar que esa ficción no es más real que la vida misma?

La satisfacción de conseguirlo, o de acercarse a ello, es una más que probable razón para dedicarse a un trabajo que, volviendo al comienzo, se asienta en una rutina ardua que funciona como freno y como filtro, para el propio escritor y para los advenedizos:

Escribir es una tarea fuertemente intensiva. Lleva muchísimo tiempo —y mucha paciente tolerancia al aburrimiento, la frustración y la auto-flagelación— para conseguir algo”.

Y a lo mejor, ese algo no se consigue nunca. Pero la satisfacción de acercarse a ello es pareja al esfuerzo que supone.