Una habitación con vistas

A veces he soñado con la posibilidad de leer el pensamiento de los demás. No me parece una rareza ni una extravagancia. Eso mismo es lo que hacen muchos escritores cuando escriben una novela: leen el pensamiento de sus personajes y nos lo exponen a nosotros, lectores cotillas, que nos aventuramos sin que nos vean en un territorio que la realidad nos veta, el del pensamiento ajeno.

Esta es una de las ventajas que la literatura ofrece, la realización de un imposible que, con o sin la intención del autor, ayuda tantas veces a comprender las razones ocultas del comportamiento humano.

Imagen de la ciudad italiana de Florencia
Florencia, una de las ciudades donde transcurre la novela. Foto: Jeff Ackley

Explico esto porque me sirve de algún modo a caracterizar una novela, Una habitación con vistas, escrita por Edward Morgan Forster, que puede ser escogida como un ejemplo de esa virtud de la literatura. Tal vez la hayan leído. Es una historia que no tiene más complicación que sentir curiosidad por los secretos resortes que nos impulsan a comportarnos de un modo u otro. Lo interesante no está en la acción, sino en las decisiones previas y posteriores a unos pocos hechos.

El argumento es sencillo: una joven, Lucy Honeychurh, a punto de poder “independizarse” (a principios del siglo XX, la principal forma de hacerlo era casarse con un hombre) debe escoger entre lo que siente su corazón y lo que le dicta la razón, mediatizada esta última por los convencionalismos de una sociedad y de una época a punto de extinguirse.

Creo que es interesante apuntar que E.M.Forster pertenecía al círculo de Bloomsbury, un grupo de escritores, artistas e intelectuales liderado —esto último es una apreciación personal— por la escritora Virginia Woolf y del que formaron parte, entre otros el escritor Lytton Strachey, el crítico de arte Clive Bell, el periodista Desmond MacCarthy o el pintor Duncan Grant. El grupo tuvo una considerable influencia en la literatura y las artes del siglo XX, sobre todo en sus concepciones acerca de la sexualidad, la política y el papel de la mujer en la sociedad.

Imagen del escritor Edward Morgan Forster
Forster en 1917. Foto: Autor desconocido. Dominio público.

Una habitación con vistas fue publicada en 1908 (no confundir con el ensayo de Virginia Woolf Una habitación propia, que lo fue en 1929), cuando Europa aún no conocía el horror de las dos guerras mundiales que iban a asolarla. Es una historia de autoafirmación femenina que trata de romper con un pensamiento y un comportamiento caduco y lo hace mediante una exaltación de la belleza y de la felicidad, del optimismo y las ganas de vivir propias de la juventud de los protagonistas, y probablemente propias del ambiente de principios de siglo.

Frente a la luminosidad de la historia principal, el autor coloca con destreza las piezas de un mundo sombrío y en decadencia: en primer lugar una moral pacata y mezquina impulsada y defendida por representantes de una sociedad distinguida —no solo económicamente sino también intelectualmente—, que admira al arte pero olvida al ser humano; y en segundo lugar una iglesia que pretende defender su posición de dominio sobre el comportamiento de las personas pero que ha olvidado que son seres que aman, y no simples objetos manipulaples en beneficio de unos intereses.

Ante los ojos del lector desfilan, como sombras en contraste de la imagen de Lucy, algunas víctimas de esa sociedad autodestructora. Sin embargo, Forster no era un pesimista. En esta historia no vence el lado oscuro que todos llevamos dentro, sino el más luminoso y vivo. Simplemente por esto ya merece la pena leer la novela.

Anuncios

El vagabundo submarino

Me pregunto si sería posible hoy día, a pesar de los medios tecnológicos y avances conseguidos en el progreso científico de la humanidad, realizar el mismo trayecto bajo el mar del capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino, la hermosa novela de Julio Verne.

Es evidente que tenemos los medios, pero carecemos del propósito. ¿qué sentido tiene ese viaje? Tal vez recorridos parciales, segmentados, que sigan en parte la ruta de Nemo, con criterios científicos concretos y objetivos limitados. Pero el camino completo, en mi opinión, carece de sentido hoy en día porque es antieconómico y no serviría a ningún propósito, ni siquiera turístico.

Nautilus' wanderings map
Mapa del viaje del Nautilus (Dominio público)

Tal vez ese sea el encanto del personaje y de la historia que narra Julio Verne: un hombre atrapado en el dolor de la pérdida de su mujer y sus dos hijos que, a pesar de sus conocimientos científicos, de su pericia en la navegación y de su talento para conseguir recursos con los que apoyar las causas más diversas, es incapaz de librarse de ese inmenso daño.

El Nautilus es, en este sentido, la metáfora perfecta del dolor de Nemo, un infierno con forma de caparazón que se desliza bajo un mar bellamente descrito por el novelista francés. Y el único destino que le resta al capitán, su única posibilidad de encontrar el remedio imposible de su desgracia —la búsqueda de lo desconocido—, es convertirse en un vagabundo de las profundidades del mar.

La hoguera

El fruto de un árbol seco
ha de ser un milagro
me decías con lamento
de agnóstico resignado

Y yo pensaba al escucharte
en la resurrección de Lázaro
viendo crujir las ramas grises
en su último abrigo trashoguero

Callamos ante la evidencia
luminosa de la ceniza
la lenta cadencia de sus pavesas
imitando la primera nieve de invierno

El eco de una antigua canción
—si tu signo es arder, arde con todo—
se oía crepitar entre las llamas
dejando marcas de silencio

Y la tarde convertida en humo
se apagaba lenta en las pupilas
ante la noche teñida de naranjas
amargas como una despedida

Llueve

Painting Nocturne Queensboro Bridge by Julien Alden Weir
Nocturne Queensboro Bridge by Julien Alden Weir

Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende, toma reglas, adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve”.

Marcel Proust. Por el camino de Swann

Cian

Patricia regresó de la oficina a las diez de la noche. Hambrienta y cansada, se lanzó sobre el sofá con tierna languidez felina y encendió el televisor. Dejó el móvil bajo la lámpara cian después de desactivar las notificaciones. Había accedido a comprar esa lámpara porque Juan se encaprichó cuando eligieron los muebles del apartamento; repetía a menudo que mirar esa luz era contemplar de nuevo las playas de Varadero, su reciente viaje de novios. Ella odiaba el cian, le recordaba a una bebida dulzona y alcohólica digna de un trópico de catálogo comercial. Accedió porque él había aceptado a su vez colocar sobre la cama del dormitorio una gigantesca reproducción de su obra de arte favorita, Pájaros en las ramas de Takeuchi Seiho. Amaba Japón. Que su marido no supiera apreciar la fuerza y la delicadeza de la isla asiática, de su cultura y de su historia le hacía sentirse desgraciada.

Mañana iban a celebrar el primer aniversario de su boda. Después de un año viviendo juntos habían encajado sus diferencias en una amalgama espiritual en la que se mezclaban con tolerancia y respeto apreciaciones personales tan dispares como el color cian del Caribe y el ecléctico blanco y negro de un artista asiático. Sin embargo, no eran tan superficiales. Había una corriente de fondo de sentidos contrapuestos aún sin identificar claramente. Intuiciones pendientes de confirmación. Y para verificarlas necesitaba tiempo.

Foto: Ishan

Cuando Patricia le sugirió a su marido adquirir una reproducción llena de colorido de Rothko, él la miró con ese sesgo de desprecio que suelen usar ciertos hombres cuando una mujer demuestra estar más preparada o tener un conocimiento más preciso en alguna materia. Y él ignoraba todo o casi todo de arte. Patricia lo dejó pasar, pero no olvidó el detalle. Esa mirada sembró una sospecha. En su fuero interno compensó el desasosiego con otras cualidades de él que adoraba. Por ejemplo, que tuviera preparada la cena al volver hambrienta y cansada de un día cargado de trabajo.

—¡Patricia!— gritó Juan desde la cocina—.— La cena está lista.

Comieron gambas al ajillo, tartar de atún con aguacates y semillas de sésamo y de postre un delicioso flan casero con caramelo de chocolate. El único lunar fue el vino, un Sauternes francés dulce. Su frescura aligeraba su sabor empalagoso, que ella no soportaba. Tomó una copa. Juan se bebió la botella entera.

Patricia trabajaba en una galería de arte que vendía bien y a buen precio. Sus ingresos compensaban el reducido sueldo de Juan, empleado como redactor en un periódico de segunda fila que sobrevivía gracias a las subvenciones oficiales, y permitían pagar algunas suntuosidades como el Sauternes de a treinta euros la botella que él, con su sueldo, no habría podido permitirse.

Durante la cena se informaron de las rutinas laborales mutuas. A Patricia le aburría el trabajo de su marido, la yerma necesidad del periódico de reducir a pura simpleza asuntos complejos. A veces dudaba si él era consciente del carácter superfluo de su trabajo, pero no se había atrevido a decírselo directamente. Aún no. Daniel le estaba hablando sobre las declaraciones de un político local que había tenido que corregir cuando ya había terminado de redactarlas; el representante público se había arrepentido de lo dicho y exigía que el periodista rehiciese la información. Ella lo escuchaba como si mirase tras un escaparate una camisa de segunda mano que jamás se compraría. No quería dudar de si misma ni de sus elecciones. Aún creía estar en el sitio correcto en el momento adecuado. Juan esperaba una respuesta a su minidrama, una respuesta que Patricia no consideró digna de expresión. Su educación no se lo habría permitido.

—¿Por qué me miras así?

— Esa gente de la que escribes, ¿en qué mundo vive?

— En esta exacta ciudad, por supuesto —dijo Daniel, recalcando la pronunciación de exacta. Solía hacer ese tipo de subrayados orales cuando no estaba muy convencido de lo que decía. —Su trabajo es ese, ya sabes.

— ¿Qué trabajo? ¿Decir lo que la mayoría quiere oír y luego no ser capaces de realizarlo? A eso también me apunto yo para cobrar. En esta ciudad se necesitan resultados, Daniel, no buenas palabras. Esta ciudad se escurre por los desagües y a esa gente le importa un rábano. Con ese comportamiento la galería en la que trabajo estaría arruinada, habría cerrado hace años.

— ¿Y qué quieres que haga yo?

— ¿Tú no eres periodista?


Pájaros en las ramas de Takeuchi Seiho

Daniel apuró un trago del Sauternes y agachó la cabeza. En la calidez de la cocina, el vino parecía un jarabe rubio y dulzón. Veía chispas descender desde las lámparas de luz blanca. Deseaba poder argumentar desde el terreno de Patricia, pero no lo entendía; ¿cómo podía existir gente que comprase esos cuadros extraños llenos de parches de color a los que no encontraba el punto por mucho que los mirase?

Patricia recogía la mesa en silencio. Sentado en uno de los taburetes altos de la cocina, Daniel miraba la copa de vino que sostenía con las dos manos a la altura de las rodillas. Aún estaba enamorado. Después de dos años de noviazgo y uno de matrimonio, aún lo estaba, pero le dolían las opiniones de ella sobre su trabajo en el periódico.

— ¿Sabes que han fabricado un vino color cian?

Pero Patricia no pudo oirle. Después de recoger la cocina había salido sin decir nada. Él se levantó del taburete y fue al salón. Ella estaba ojeando un gran libro de grabados japoneses. Se sentó a su lado, tan cerca que sus rodillas se rozaban.

— Vino a verme Philip a la galería. Fuimos a tomar café. Te manda saludos

— Me pasé esta tarde por allí y no te ví. Me dijeron que habías salido con alguien.

Patricia le miró fijamente. Luego volvió a las estampas japonesas sin decir nada. Un pensamiento acerca del sentido del honor japonés cruzó por su mente, pero no quiso compartirlo.

— No es la primera vez que va.

—…—

— Pero es la primera vez que me lo cuentas.

— ¿Ahora te dedicas a vigilarme cuando estoy trabajando? Philip es uno de nuestros mejores clientes, además de uno de nuestros mejores amigos.

— Amigos de tu familia— puntualizó Juan.—Y le encanta Japón, como a tí.

— ¿Qué es lo que te pasa? ¿De verdad estás celoso de Philip? No me lo puedo creer.

Daniel no contestó. Apuró el resto de Sauternes del fondo de la copa, se levantó y salió del salón. Ella lo siguió con la mirada sin decir nada. Cuando estuvo sola, apagó la lámpara de luz cian que él acababa de encender al sentarse y siguió hojeando el libro. Encontró varias estampas eróticas antiguas. Un estremecimiento interior, un cosquilleo de placer que permanecía aún impregnado en su piel le recordó el rato compartido con Philip.

En el dormitorio, Daniel se arrojó sobre la cama. Sobre su cabeza veía los colores blancos y negros del cuadro favorito de ella. Ingenió una maldad, pero estaba demasiado bebido para ponerla en práctica. No le gustaba sentirse celoso y, aunque no tenía motivos para pensar mal de Philip, lo estaba. Se conocían desde que iban a la universidad y, sí, era un hombre atractivo, muy bien situado y con unas relaciones excelentes. Debía de interesar a muchas mujeres, ¿por que no también a Patricia? Le corroía pensar que se hubieran acostado, esta misma tarde tal vez, pero esa idea le llevaba a pensar en su vida sexual, en cómo había empeorado desde que se casaron. Y no encontraba una explicación convincente a ese empobrecimiento. Tal vez no estaban hechos el uno para el otro, como se decían cuando eran novios. Echó la cabeza hacia atrás intentando despejarse un poco y al abrir los ojos vió de nuevo el cuadro japonés colgando sobre el cabecero de la cama. Dió un respingo y se levantó azuzado por una descarga de aversión.

Descubrió que el aire traía música desde el salón. Seguramente ella estaría bailando sola, abrazada a un cojín, pensando en Philip. Se acercó con sigilo a la puerta de la estancia y la observó sin que ella advirtiese que la estaban mirando. Bailaba. Abrazada a un cojín. Con los ojos cerrados. Pensando en Philip. En su inconsciencia, ofuscado por la ira, pero sin hacer ruido, recuperó del trastero el aerosol que había sobrado de haber pintado en otoño la puerta del jardín, entró en el dormitorio y se subió sobre la cama, frente a la hermosa reproducción japonesa que le acompañaba inevitablemente cada noche desde el día de su boda. Levantó el aerosol y apuntó a los espacios infinitos de la espiritualidad japonesa que representaba aquel cuadro pero que, en ese momento, para él, era simplemente el espíritu libre de su mujer. Apretó el pulsador y una nube de pintura cian se dispersó en la atmósfera y fue a pegarse a las fibras de tela que sostenían la imagen de unas aves de color negro sobre las ramas de color negro dibujadas en una eterna y blanca pureza. Cuando hubo vaciado el bote se echó a dormir. Su primer aniversario iba a ser lo que siempre habían querido que fuese, una fecha para recordar.