Al este del sol y al oeste de la luna

Al este del sol y al oeste de la luna: viejos cuentos del norte es una colección de quince cuentos de hadas seleccionados de la memoria popular por los estudiosos del folklore nórdico Peter Christen Asbjørnsen y Jørgen Engebretsen durante sus viajes por Noruega a mediados del siglo XIX.

El libro fue traducido al inglés por George Webbe Dasent y publicado en Londres por primera vez en 1914 con ilustraciones del artista danés Kay Nielsen, algunas de las cuales reproduzco aquí.

Son historias de ogros, bellas princesas, astutos lobos, brujas, osos misteriosos y muchachos convertidos en héroes que fueron alabadas por el mismísimo Jacob Grimm.

Algunos títulos incluidos son “El muchacho que vino con el viento del norte”, “Las tres princesas de la tierra blanca”, “El cinturón azul”, “La princesa en la colina de cristal”, “El gigante que no tenía corazón en su cuerpo”…

Los títulos me recuerdan mucho a un libro de cuentos más modernos pero aún desbordantes de esa imaginación divertida y alocada que supo imprimirles el escritor Terry Jones y que comenté aquí hace tiempo.

Las ilustraciones son maravillosas. Su autor, Kay Nielsen, llegó a trabajar para la compañía cinematográfica de Walter Disney entre 1937 y 1941 en proyectos como “Cuentos de la montaña desnuda”, composisiones musicales de Modest Mussorgsky inspiradas en el folklore y las leyendas populares rusas. También trabajó en la famosa película animada “Fantasía”.

A pesar de su talento como ilustrador, Nielsen pasó los últimos dieciséis años de su vida desesperado y en la pobreza, sobreviviendo de pequeños trabajos para escuelas locales de su país. Tras su muerte en 1957 su mujer Ulla —quien moriría un año más tarde que él— entregó al ilustrador Frederick Monhoff los trabajos que guardaba de su marido para que fueran conservados. Ningún museo danés ni estadounidense los aceptó.

La versión original en inglés de Al este del sol y al oeste de la luna: viejos cuentos del norte publicada en 1922 en Nueva York pertenece al dominio público. Si les apetece, pueden verla y descargarla sin coste en este enlace.

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En una ventana

La tarde de Caspar David Friedrich
Dadme hambre, 
vosotros, dioses que os sentáis y dáis
al mundo sus órdenes.
Dadme hambre, dolor y necesidad,
Dejadme, con la vergüenza y el fracaso,
fuera de vuestras puertas de oro y fama
Dadme vuestra más vieja y cansada hambre.

Pero dejadme un pequeño amor
una voz que me hable al acabar el día
una mano que me toque en la oscura habitación
rompiendo la larga soledad
entre las formas de la tarde.
Nublando el ocaso,
corre vagabunda una pequeña estrella del oeste
expulsada de las cambiantes orillas de la sombra.
Déjadme ir a la ventana
a mirar las señales del atardecer
y esperar y reconocer la llegada
de un pequeño amor.

Carl Sandburg. Poemas de Chicago

At a window

Give me hunger,
O you gods that sit and give
The world its orders.
Give me hunger, pain and want,
Shut me out with shame and failure
From your doors of gold and fame,
Give me your shabbiest, weariest hunger.

But leave me a little love,
A voice to speak to me in the day end,
A hand to touch me in the dark room
Breaking the long loneliness.
In the dusk of day-shapes
Blurring the sunset,
One little wandering, western star
Thrust out from the changing shores of shadow.
Let me go to the window,
Watch there the day-shapes of dusk
And wait and know the coming
Of a little love.


Carl Sandburg. Chicago poems

El sueño de los peces

Una garza
alza su vuelo blanco
ante el viejo pescador.
Abandonado a la suerte
del náufrago, entrega
sus últimas esperanzas
al filo azul del horizonte.
Dormido el viento
todo el mar cabe en su mirada
pendiente de un hilo la vida.
El aire silencioso caracola
desde el círculo de agua
el eclipse de sus ojos,
el sueño de los peces.

Biplano

Como psicólogo me sigue sorprendiendo que aún, en estos primeros años del siglo veintiuno, haya personas que piensen que la magia pueda solucionarles una preocupación o pueda incluso explicarles las razones que causan ese mismo problema. Y no me refiero a que, por un golpe de azar, un premio de la lotería te arregle los moratones de la cuenta corriente del banco. Estoy hablando de ciertos pensamientos más sutiles que rara vez se dicen en público, de comportamientos un tanto supersticiosos que van más allá de evitar cruzarse con un gato negro y asuntos así. Estoy completamente seguro de que no es algo generalizado, pero no puedo negar que me he encontrado con personas, incluso en puestos de responsablidad, que han tomado decisiones importantes bajo la influencia de esta forma de razonamiento. Creo que saben a qué me refiero: por ejemplo, a pensar que comer carne de león —un caso de manual— te proporcionará la fiereza del felino o que clavarle agujas a un muñeco de trapo causará un daño cierto a la persona a la que representa. Pero en referencia a asuntos más insignificantes, a conflictos cotidianos más prosaicos.

Fotografia de labores de costura
Foto: Ollis 

A veces no son más que simples manías que uno repite, acuérdense de Jack Nicholson en aquella película, “Mejor imposible”, en la que interpretaba a un escritor de novelas románticas, Melvin Udall, un tipejo al que había que soportar múltiples de estas manías, como pisar determinadas baldosas del suelo de su apartamento al caminar o colocar los cubiertos en un orden concreto e inalterable, pues de lo contrario respondía con aspereza y malos modos. Desde luego que esto no puede considerarse exáctamente “pensamiento mágico”, sino más bien un trastorno maníaco-compulsivo perfectamente diagnosticable. Por eso, cuando me he topado con historias de este cariz, he intentado comprenderlas para manejarlas, en lo personal y en lo profesional, con el mayor respeto posible. Es muy delgada la línea que separa lo racional de lo irracional, y no es fácil determinar si el comportamiento de un ser humano en concreto es una simple idiotez o un trastorno mental que requiere tratamiento.

Cuento esto porque me extrañó sorprender en mi despacho de la clínica a mi colega Fernando Barilla, psicólogo como yo. Ambos trabajamos en la misma institución privada, pero recibimos en salitas diferentes. Se refugió allí para que nadie le molestara tras una fuerte discusión con su hijo Gabriel. Una discusión desagradable entre padre e hijo a propósito de una propiedad heredada que la familia necesitaba vender. Se instaló en mi despacho con un montón de piezas de madera de una maqueta a escala: un avión biplano de la primera guerra mundial que se afanaba en reconstruir. Que yo supiera no era aficionado a este tipo de pasatiempos. Su hijo Gabriel estudia ingeniería aeronáutica. Siempre le gustaron los aviones. Este que su padre estaba intentando recomponer en la mesa de mi despacho era un regalo que le hicimos mi mujer y yo cuando Gabriel cumplió ocho años. El trajín del tiempo había descompuesto la maqueta a su estado original, multitud de piezas dispersas que hay que ir colocando de nuevo una a una para rehacer la aeronave destruida.

Fotografia de un avion biplano
Photo: Andrew Palmer

Para Fernando debía ser algo muy especial, muy personal. Creo que era así porque le temblaban las manos cuando intentaba encajar una pieza. No atinaba al primer intento y eso le alteraba más.
— No sabía que te gustaran las maquetas a escala.
— No me gustan.
— ¿Y entonces?
— Me he peleado con mi hijo Gabriel.
—…
Levantó la mirada de las piezas a la espera de mi contestación. Al ver que callaba, dijo:
— Tengo que reconstruirla.
— ¿Por qué? ¿Eso te relaja?
— No exactamente. Es una forma de ganar autoconfianza para hablar con él.
— Tienes cincuenta años, ¿a estas alturas necesitas un juguete para hablar con tu hijo?
— Son técnicas de relajación. Deberías saberlo, eres psicólogo como yo.
— Me acabas de decir que “no exactamente” te relaja, ¿en qué quedamos, Fernando?
— Déjame en paz.
— Está bien, pero necesito mi despacho. A las cinco empiezo la consulta.
— ¿No te importa usar el mío? Te desviaré a los pacientes allí.

Aquella tarde pasé consulta donde debía hacerlo Fernando. Y entre paciente y paciente, no podía dejar de pensar en él, en esa peculiar manera de comportarse que tiene y de discutir los asuntos con los demás.
Cuando hube atendido a todos mis pacientes regresé a mi oficina. Allí seguía. La maqueta, cuyas alas pintadas de azul y rojo resplandecían bajo la luz de las lámparas led, estaba reconstruida. Quien parecía estar hecho pedacitos era él, encondiendo la cabeza entre las manos mientras mascullaba unas palabras que no podía escuchar.
— ¿Qué te ocurre, Fernando? ¿Estas bien?
Susurró algo que no pude oír.
— ¿Hablaste con tu hijo?
— Sí.
— ¿Y qué tal? ¿Lo arreglásteis?
— No.
— ¿Y eso por qué?
— No encontré la hélice del avión.

La revista digital Caocultura que se edita en Cádiz me publicó hace unos días este relato con una ilustración de Manuel Martín Morgado. Pueden verla aquí.

Gaviotas

Gaviotas

Intrépidas amazonas de la tormenta
En vuestros desolados ojos está la memoria
de los barcos hundidos:
El deseo, insatisfecho,
cuelga de vuestras alas.

Vosotras mentís al anochecer
en las cunas menguantes del mar
Indiferentes a su desánimo
O planeáis y caéis en picado
tomando vuestra comida y elevándoos de nuevo
Ávidas,
irreflexivas.

Vosotras viráis y dirigís vuestro duro rumbo
Despreciadas por las demás aves;
Y en vuestra fría queja
está el eco burlón
de la mujer que llora en la noche.


Leonora Speyer. A Canopic jar
La traducción es mía.

Gulls

Fearless riders of the gale,
In your bleak eyes is the memory
Of sinking ships:
Desire, unsatisfied,
Droops from your wings.


You lie at dusk
In the sea’s ebbing cradles,
Unresponsive to its mood;
Or hover and swoop,
Snatching your food and rising again,
Greedy,
Unthinking.


You veer and steer your callous course,
Unloved of other birds;
And in your soulless cry
Is the mocking echo
Of woman’s weeping in the night.


Leonora Speyer. A Canopic jar